La espiritualidad del matrimonio
LA ESPIRITUALIDAD DEL MATRIMONIO EN LA REVISTA “L’ANNEAU D’OR”,
FUNDADA POR EL PADRE HENRI CAFFAREL
Hermana Fernanda Barbiera
Una mirada retrospectiva sobre una revista de espiritualidad conyugal reclama una atención particular que permita una presentación sugestiva de la teología sobre la cual L’Anneau d’Or centró su originalidad. Una teología que no niega el carácter concreto, a veces contradictorio, de una experiencia que progresa, y que se elabora desde y por medio de esa experiencia. Una teología que es experiencia misma pasada por el tamiz inteligente de la reflexión crítica.
La revista L’Anneau d’Or basó su existencia en valores vividos, en opciones, en orientaciones, en concepciones más o menos completas, en la profundización de una espiritualidad que encontraba su verdad en lo más concreto de la vida de los esposos. Sometió el pensamiento a la prueba de una experiencia que planteaba y marcaba su tiempo, provocación a la vez positiva y simbólica para la búsqueda espiritual en la vida de la Iglesia.
La revista comenzó en 1945 y duró hasta 1967. La evaluación de su influencia en la compleja aventura de los movimientos de matrimonios permite definir bastante fácil su rol en el conjunto de las corrientes culturales donde se reconoce y se diferencia. Volver a trazar el perfil teológico y espiritual del L’Anneau d’Or en la perspectiva de la inteligencia profunda del matrimonio y la vida conyugal, es hacer comprender que la revista misma es un itinerario conyugal que tiene el valor de un signo.
No se explica cómo la atención prestada a la revista por la crítica teológica no haya sido sintetizada jamás por una voz autorizada. Por el contrario, la estima de los lectores le concedía, mientras existió, una crítica sin discernimiento, una evaluación positiva que comprendía su novedad y le manifestaba un reconocimiento estimulante.
De cualquier forma, el rol innegable de L’Anneau d’Or en la historia de los movimientos de espiritualidad en Francia obliga a interrogarse sobre sus fuentes, sus características y sobre la producción tan rica como amplia de temas como trató. La revista se proponía indiscutiblemente, fundar una espiritualidad conyugal entendida como un arte de vivir cristianamente el matrimonio, que no podía separarse de la sensibilidad cultural y las intuiciones teológicas de su tiempo.
La revista provocó un caminar espiritual de los esposos, compuesto por analogías y diferencias, en afinidad y complemento de una tendencia de renovación en la Iglesia. No figura ahí como un sistema cerrado, terminado, con contornos definidos, sino más bien como una búsqueda abierta a la escucha de quienes viven el matrimonio. Es ahí donde ella corría riesgos y oportunidades. Seguramente ahí encontraba la posibilidad de escapar de radicalismos simplistas que quebrado el impulso de su búsqueda.
La novedad de una urgencia. La intuición central
Las razones que llevaron al L’Anneau d’Or a emprender una búsqueda original de pensamiento, siguiendo sus propios métodos, son reconocidas sin ambigüedad por el padre Henri Caffarel, su fundador. Como punto de partida, una interrogación sincera que los esposos se hacen sobre el sentido de su amor y sobre el compromiso adquirido en el sacramento del matrimonio, de vivir el amor, no partiendo de sus aspiraciones limitadas, sino en nombre de Otro a quien nunca terminarán de descubrir.
Esas preguntas las acogió y maduró el Padre Caffarel con la convicción de que el sacramento da a la experiencia conyugal una profundidad insospechada. La experiencia conyugal es, de suyo, signo de la insuficiencia del ser humano, luego posibilidad de acceder a la identidad personal por la meditación de otro, refracción infinita de otra identidad que no se puede constituir como fuente última.
El sacramento, «por la gracia del otro», abre a ese Otro de donde procede toda alteridad, toda exigencia de deseo, toda palabra nunca oída, toda misión de hacer existir, por el don recíproco de la vida y de la muerte, el rostro del amor que siempre es «Otro» y siempre «Más allá». En el amor de los esposos nace algo del amor de Dios, precisamente porque es una historia abierta, todavía no teminada.
Para comprender el alcance espiritual de la revista, es necesario remontar a las fuentes que son el pensamiento del padre Caffarel, los objetivos que él se proponía y las urgencias que la hicieron nacer. Es necesario ver en dónde germinaron las orientaciones fundamentales y las opciones que marcaron su singular vitalidad, pero por cuestiones de tiempo, no podemos hacer la comparación con las obras y los movimientos que representan el contexto inmediato en el cual surgió L’Anneau d’Or.
En relación con otros intentos realizados en algunos medios franceses, con una finalidad y una fisionomía específicas, L’Anneau d’Or vino a reducir el campo de su reflexión. La espiritualidad conyugal creada por la revista se construye alrededor de una intuición central, que está en relación con las necesidades del momento de la historia donde surgió y se definió.
La revista se concentra en una actitud única de renovación espiritual que descifra el matrimonio como el lugar donde se realiza la santidad de los esposos, donde se reconoce el rostro de Cristo bajo el cual uno se coloca. La pareja que quiere conocerse y amarse a fondo debe penetrar en el misterio de Cristo.
Al encontrar el suelo profundo de donde brotan las raíces que nutrieron L’Anneau d’Or, no podríamos olvidar, sin por ello quedarnos ahí, la gran expansión de movimientos y de grupos de matrimonios que fueron portadores en la Iglesia de una sensibilidad particular. Entre esos movimientos y la revista hay una especie de intercambio silencioso, una interacción recíproca que excluye sin embargo la dependencia.
En 1938, nacen en la región parisiense, los Equipos de Nuestra Señora, formados y estructurados por el padre Caffarel, cuya intención era dar una sólida formación cristiana a los esposos por medio del apoyo recíproco, lo que respondía a un solo y gran designio: vivir el ideal de amor y unidad que el matrimonio cristiano exige y celebra.
En efecto, había que alcanzar las raíces de la experiencia conyugal y comprender profundamente la realidad cristiana del matrimonio. L’Anneau d’Or es reconocida justamente como el comentario vivo, profundizado por los Equipos Caffarel con nuevos elementos que justificaban sus objetivos y su estructura y estimulaban su búsqueda: la fuerza expansiva y el entusiasmo, el calor y la frescura de una renovación, el deseo de unidad en la vida y el amor de los esposos. Se presentó así a la prensa: «junto a la enseñanza de la Iglesia transmitida por los sacerdotes, vamos a leer las experiencias de los matrimonios que se esfuerzan en vivir como cristianos » .
Nuevas germinaciones tendidas hacia la vida
El análisis y la profundización en la dimensión cristiana del amor conyugal centraron también la atención en la acción de la gracia del matrimonio y en la apertura mística que se enfrenta, encontrándole un remedio, al malestar que reina entre el mundo moderno y el matrimonio cristiano.
El matrimonio es vida de santidad, considerarlo como una barrera entre el Evangelio y la vida es una opción indebida y falsa. Se trata de poner a los esposos ante el misterio de Cristo. «El misterio del matrimonio solo puede ser comprendido y vivido realmente por cristianos ansiosos de conocer, de contemplar, de vivir el misterio de Cristo. Yo afirmo sin ambages: si este presupuesto no es asumido, lo que nosotros podamos decir del matrimonio perderá su trascendental originalidad, su sabor, su verdad esencial» .
L’Anneau d’Or se convierte en una elaboración progresiva de una espiritualidad para los esposos, trabajo teológico y espiritual, y también reflexión filosófica y antropológica. La elección del terreno donde va a operar hace que sea bien acogido por los ambientes que están intelectual y espiritualmente más preparados.
La multiplicidad de los temas y problemas dará a la producción de la revista una riqueza compleja gracias a nuevos análisis y síntesis, para estar en condiciones de comprender y expresar valores y dimensiones más globales, de crear movimientos que se concentran en el significado teológico y espiritual del sacramento del matrimonio, de captar de ellos los acentos particulares que hacen del hombre y de la mujer los portadores inseparables del misterio de la nupcialidad de Cristo.
La Revista
Es importante decir que L’Anneau d’Or es mucho más que una simple publicación. Es la obra de un numeroso equipo de trabajo que hace de ella una revista muy viva, eficaz y densa, esperada por sus lectores Sus lectores son considerados como la conciencia crítica y provocadora; son como un diapasón para el comité de redacción.
En breves palabras podemos distinguir varios períodos los que corresponden al desarrollo del pensamiento del L’Anneau d’Or. De 1945 a 1953, el itinerario de la espiritualidad conyugal fue el de conducir a los esposos a descubrir el amor y la riqueza de los valores intrínsecos que la gracia del sacramento utiliza, según la voluntad precisa de Dios. No se trata de una perspectiva moralista que se propondría «vivir correctamente el matrimonio», sino una búsqueda teológica que lleva a encontrar el misterio de la salvación en la experiencia que los esposos viven constantemente cada día: «La vida conyugal se diseña como una «sequela Christi».
De 1954 a 1960 la revista pasó por una etapa y una evolución de gran importancia para su orientación teológica-espiritual. Se abre a la dimensión eclesial. Centrada en las semejanzas entre la comunidad cristiana y la comunidad esponsal, se basa en un hecho capital: el de « iglesia doméstica », comunidad de salvación que reproduce a escala reducida las grandes características de la Iglesia. La espiritualidad del matrimonio es llamada a vivir en tonalidad eclesial, destinada e “edificar la Iglesia”.
El periodo de 1961 a 1965 representa la fase más rica y más segura de esta búsqueda espiritual. Es un tiempo de regreso a las fuentes, lleno de madurez, de recuperación fecunda del programa de los comienzos, de alegre consolidación en la perspectiva sacramental del matrimonio desde ahora inserto en los dogmas fundamentales del cristianismo. Un clima favorable ayuda a una visión unitaria del matrimonio en la cual dogma, moral, sacramentos, espiritualidad están en íntima conexión, en la unidad viva del misterio pascual de Cristo que se entrega a la Iglesia. Fue en este período que la situación conyugal aparece como una modalidad de la caridad vivida, como una situación espiritual que encuentra en el misterio de Cristo su ley interior y en el amor Trinitario, su fuente íntima.
Los dos años que van de 1965 a 1967 son años de declive que estudiaremos luego.
El matrimonio, una realidad a descifrar
La espiritualidad del L’Anneau d’Or no debe ser considerada como el comentario de una teología aplicada a la vida. La originalidad de su método está en que la teología se hace a partir de la vida de los esposos. Es experiencia de la realidad del matrimonio. Como tal, interpreta y descifra lo que se vive. Es un proceso y una explicación que revelan todas las riquezas del amor y del matrimonio.
Una verdad teológica aparecía como lo esencial: Dios es amor Pensar el matrimonio a partir del amor, explicarlo por el análisis de lo que el amor evoca fue la posición de partida de la revista. Una vez centrada en el amor, estructura portante de la espiritualidad matrimonial, L’Anneau d’Or se va a desarrollar e ir más allá, con una identidad bien definida. Constituye una revisión seria y radical de la espiritualidad conyugal.
La pareja cobra su importancia. Su naturaleza es reciprocidad de las conciencias y de los cuerpos, modalidad concreta que permite que el amor se realice siendo fiel a sí mismo en la textura indisoluble de la carne y del espíritu y en la tensión hacia el Amor total y adorable: Dios. Lo que permite concluir que no hay oposición entre el amor humano y el amor divino. El primero es búsqueda del segundo.
El segundo es una llamada lanzada al primero: «Uno no anula al otro». La importancia atribuida al amor conyugal para el proyecto de un matrimonio cristiano se elabora a partir de un principio dinámico de desarrollo: es superándose a sí mismo como el amor es cada vez más él mismo; es en el orden de la purificación y de la transformación paciente donde el amor conoce su desarrollo. Recrearlo continuamente para llevarlo a su verdadero origen, ese es el itinerario espiritual que la revista jalona para los esposos. Ahí se aclara el hecho de que el amor a Dios y el amor al cónyuge coexisten. Ahí se toma también conciencia de que se ama a Dios en aquél a quien se está unido y que se ama al otro con el amor con que Dios se ama.
Al alinear su ritmo en la caridad, el amor conyugal trasciende sus propias posibilidades y sus formas naturales, permaneciendo como es, tanto en las ternuras como en las tentaciones.
La estrecha relación entre el amor y la gracia divina ayuda a la espiritualidad conyugal a integrarse en nueva orientaciones, más amplias, que se refieren inmediatamente a la sacramentalidad del matrimonio.
El sacramento especifica el amor como una manifestación privilegiada del amor de Cristo, y de la Iglesia, pero además lo pone a disposición de Dios para ser vivido como designio de salvación, como lugar permanente de santidad. Surgida de una exigencia concreta que le hacía buscar una manera cristiana de vivir el amor conyuga, L’Anneau d’Or, al término de su reflexión sobre el sacramento, elaboró al mismo tiempo una “mística” del matrimonio.
La espiritualidad conyugal como búsqueda de santidad no se parece a un compendio de principios del cual se podrían deducir respuestas para las soluciones: es un clima interior muy real en el cual el hombre y la mujer caminan juntos en una fidelidad que ellos viven no como una ley exterior sino como la exigencia del amor. Además, la fidelidad no es más que otra faceta del amor que el sacramento inscribe en la fe ofreciendo modos de realización que no son producto de la incoherencia y la evasión. Sin fidelidad, no hay amor. Todo esto, naturalmente, es considerado «en lo bueno y en lo malo».
El sacramento crea la atmósfera vital en la cual la espiritualidad se puede desarrollar hasta su más radical significado. Es el camino de santidad cuyas modalidades son originales. La pareja está llamada a un amor sin fin. Esto implica que los esposos encuentran en Dios el compañero de una relación que satisface todas sus facultades de conocimiento y de amor. Para la pareja, consentir al encuentro es acceder a la verdad de su ser.
Los temas generadores de la espiritualidad conyugal
Ya hemos dicho que L’Anneau d’Or, evidentemente no parte de cero. Todo lo que dice la revista ha hundido raíces profundas y sólidas en el terreno de la identidad del rol del laico en la Iglesia. La experiencia de los esposos es típica y específicamente experiencia de laicos. Digamos que la experiencia humana del amor del hombre y la mujer mantiene una relación de continuidad con la experiencia cristiana. Las dos están ligadas siguiendo una lógica intrínseca de superación que es una lógica de espiritualización creciente, centrada en la caridad. Volver a descubrir la mística del matrimonio, volver a dar vigor a su sentido teológico, da al matrimonio una calidad admirablemente humana.
La primacía de lo espiritual
De una vida conyugal vivida intensamente surge la exigencia de volver a centrar la conyugalidad en una dimensión más grande. Este “suplemento de alma” da a la vida de los esposos fuerza y vigor, que purifican sus raíces llevándolas a una profundidad más grande sin la cual la existencia queda dispersa y sin valor, arrastrándose en una monotonía privada de sentido.
La conciencia de que el alma, cuando se sitúa en la cumbre de la concentración espiritual, libera energía divina, provoca en los esposos una necesidad de oración, una forma de encontrarse con Dios, de sentirse unidos por sus llamadas, conforme a la propia situación personal. La oración hace traspasar los límites y participar en la densidad de la existencia. Suscita la búsqueda de la comunión en un abandono real a la vida sin las debilidades de la inseguridad, sin los vacíos de «lo no resuelto” que alimenta la inquietud, ella recrea el alma en la verdad y la ternura para volver a descubrir, en ella el lugar destinado a ser el templo de Dios, la habitación del Espíritu, el campo donde germina su Palabra.
El deber de sentarse
El matrimonio se ofrece al lento y duro trabajo del conocimiento y el amor que se resuelve en « conocer para amar ». El amor no puede ignorar el valor del conocimiento sin degenerar en un sentimentalismo que es falsificación. El padre Caffarel escribió: “Yo os decía del amor conyugal que declina cuando los esposos renuncian a descubrirse cada día el uno al otro. Igualmente, en las relaciones con Dios el amor periclita cuando se relaja el esfuerzo por conocerlo”.
En el conocimiento que el «deber de sentarse» favorece, los esposos encuentran un tiempo para ofrecerse recíprocamente « cara a cara » sin otra preocupación que la de ponerse a la escucha del Señor como dos niños que preguntan a su Padre. Una mirada lúcida y religiosa sobre la vida en pareja unida, hecha de revelación del uno al otro, de descubrirse ante el otro, de llamarle, es en el fondo responder a la necesidad de la persona. El amor necesita conocer, comunicar la realidad del uno y del otro, la más verdadera y la más rara.
El matrimonio, riqueza de la Iglesia
Dentro de los valores conyugales que el matrimonio consagra, la consideración de la sacramentalidad relativa a los temas de la fecundidad se convierte en consideración de su significado eclesial. La pareja es entonces riqueza para toda la Iglesia. En esencia, la fecundidad se revela como una realidad espiritual permanente. Consiste en entregarse. La fecundidad es la realización de la pareja en la entrega mutua. No se excluye el hecho biológico, pero sin duda alguna, la perspectiva es más grande; es la del misterio del amor que, por sí mismo, es creador. La fecundidad se convierte en finalidad permanente a la cual la pareja no sabría renunciar para llevar el amor a su plenitud. Es el fruto del amor que une al hombre a la mujer, con modalidades siempre más amplias y con un acento especial en la oración y el apostolado.
Resultados
Haber hecho del amor el centro de la realidad del matrimonio es un hecho que bien podemos calificar de innovación, si consideramos la época y la doctrina teológica entonces en vigor. El matrimonio pensado y expresado como misterio del amor en todas sus expresiones y todas sus dimensiones pone en la vida de los esposos las más altas exigencia de la caridad. La experiencia conyugal que se desarrolla en lo humano se hace teológica.
La dimensión sacramental que se ha extendido a toda la realidad conyugal ha ensanchado el horizonte tradicional de la reflexión teológica. En esta precisa óptica, L’Anneau d’Or abrió caminos que faltan todavía por recorrer. Estableció muy bien el hecho de que entre Cristo y la Iglesia y entre el hombre y la mujer hay como una atracción en dirección a la interioridad. Una reciprocidad que podríamos llamar mística. Así desarrollada, la espiritualidad conyugal hace brotar de su profundidad una moralidad que es un dinamismo que empuja hacia la santidad.
La muerte de la Revista
L’Anneau d’Or dejó de aparecer en 1967. Un final aparentemente inesperado. Decimos solamente “inesperado” porque en realidad, este fin fue determinado por un conjunto de factores diversos. La revista va a desaparecer antes de la crisis general de 1968, pero esa crisis ya se incubaba. El agotamiento de los temas de investigación, la desaparición de algunos colaboradores que eran la fuerza motriz, en medio de la fermentación de ideas muy nuevas que L’Anneau d’Or no llegó a dominar. La nueva generación muestra reticencias y remueve problemas que en parte ya precedieron y que continuarán el trabajo del Vaticano II.
Se dirigen hacia el tema del control de la natalidad, de la contracepción, del divorcio, de la disgregación de la familia, de la cohabitación libre. Hacia la década de los 70, en Francia, el 18% de los jóvenes de entre 20 y24 años viven en sus ideas. Esos problemas se van perfilando en el horizonte pastoral del sínodo de obispos de 1980.
Hubiera sido necesaria una renovación de L’Anneau d’Or para estar al encuentro de la Historia y de la vida. Los testimonios y las cuestiones planteadas por los esposos conducían a pistas nuevas. Los temas del matrimonio se iban a ver confrontados a problemas más grandes y más complejos que aquellos cuya dimensión era teológica y espiritual. Ya no se podían separar los aspectos morales, jurídicos y socioculturales de la vida conyugal de los aspectos teológicos y espirituales tan felizmente explorados. El nuevo espíritu de los tiempos reclamaba una metamorfosis cultural de L’Anneau d’Or.
¿Vamos a concluir en la inadaptación a un momento dado de la historia?- Sería injusto no reconocer en L’Anneau d’Or el mérito de haber iluminado el camino de la espiritualidad conyugal y haber dado ardor y fuerza a quienes lo recorrían. L’Anneau d’Or, en el fondo, es la historia de los fermentos que no cesan de trabajar la Iglesia siempre sumisa al tiempo. Su contribución a la pastoral ha sido preciosa.
Su ausencia se hizo sentir en los años siguientes a su desaparición. Si miramos hacia atrás el trabajo realizado, reconoceremos su calidad y su profundidad. Si miramos hacia adelante, veremos algunas posibilidades no realizadas. Esa doble mirada permite juzgar su valor, midiendo su importancia, el fenómeno teológico y espiritual que fue L’Anneau d’Or, un periodo fecundo, una etapa enriquecedora de la espiritualidad francesa.
1 “Presentación”, L’Anneau d’Or, n°1, 1945-1946.
2 Ambroise-Marie CARRE, L’Anneau d’Or, n° 99-100, 1961, p. 352.
3 Henri CAFFAREL, “Vocation de l’amour”, L’Anneau d’Or, n° 2-3-4, 1945, p. 17.
4 Henri CAFFAREL, ”Lettres sur la prière”, L’Anneau d’Or, n° 75-76, 1957, p. 229.

