El miedo al amor – Meditación
Por Henri Caffarel
«La peur de l’amour» (El miedo al amor), publicado en L’Anneau d’Or, n.º 74, marzo-abril de 1957, pp. 82-84.
Ese pájaro que canta en el árbol del jardín, Christian que duerme con su oso de peluche entre los brazos, esa anciana que sube por la calle empujando su carrito, esos intelectuales húngaros que acaban de lanzar un llamado de auxilio… no hay criatura alguna a nuestro alrededor que no haya recibido de Dios la misión de invitarnos, de provocarnos a amar, de suscitar en nosotros un amor de admiración o de compasión, el don de nuestro tiempo o de nuestros bienes.
Pero en nosotros funcionan muy bien los mecanismos de evasión, que oportunamente nos hacen interesarnos por otra cosa cuando una llamada se vuelve demasiado insistente, cuando un grito o unas lágrimas corren el riesgo de perturbar esa tranquilidad que tanto nos ha costado construir y cuyo equilibrio sigue siendo inestable.
En realidad, esos mecanismos de evasión pronto dejan de ser necesarios, porque existe algo mejor: ese corazón que llevamos dentro, sensible, vulnerable, inflamable, lo hemos disciplinado. Ahora tiene edad de razón. Se acabaron los enternecimientos, las indignaciones y los entusiasmos desbordantes.
“Arrancaré de tu pecho el corazón de piedra y te daré un corazón de carne”. —¡Ah, no, Señor, eso no! ¿Qué nos está diciendo Ezequiel de tu parte? Nos ha costado bastante, sí, lo confesamos, defendernos de esas voces que surgen de repente, despiertan en nosotros el amor o la compasión, trastornan nuestra vida y desbaratan nuestros planes. Ya no tenemos valor para volver a comenzar la lucha.
Pero no nos libraremos tan fácilmente. Aunque hagamos todo lo posible para protegernos de los gemidos y de las llamadas que vienen de fuera, hay Alguien que no se resigna a la petrificación de nuestro corazón. Es demasiado amigo para consentirlo. Allí donde las criaturas han fracasado, Él intentará triunfar.
Claudel describió admirablemente este intento del Amor por conquistarnos, ya no desde fuera, a través de murallas cuidadosamente defendidas, sino desde dentro, por una puerta subterránea:
“Somos como un mal inquilino al que se mantiene por caridad en una casa que no le pertenece, que no ha construido ni pagado, y que se atrinchera, negándose incluso por un momento a recibir al legítimo dueño.
Estamos solos, una noche de tormenta, en nuestra casa solitaria y desolada, y de repente llaman. No es a la puerta habitual; es a esa vieja puerta que creíamos condenada para siempre. Pero no hay posibilidad de equivocarse: llaman, han llamado.
Han llamado dentro de nosotros y eso nos ha dolido, como el niño que se mueve por primera vez en el seno de una mujer.
¿Quién ha llamado? No hay duda posible. Es Aquel que viene como un ladrón en medio de la noche. Aquel de quien está escrito: “¡He aquí que viene el Esposo, salid a su encuentro!”.
Y escuchamos con el corazón palpitante. Quizá no llamen más que una sola vez. Quizá golpee toda la noche la puerta, como a veces escuchamos hasta el amanecer ese postigo molesto que no deja de golpear con el viento. Pero qué fastidio levantarse y abrir esa vieja puerta…
¿Y qué sucedería si se abriera? La noche, el gran viento primitivo que sopla sobre las aguas, alguien a quien no vemos, pero que ya no nos permitiría sentirnos cómodamente instalados en nuestra propia casa. Espíritu de Dios, no entres.”
San Pablo nos dice con fuerza que no debemos “entristecer” al Espíritu. Sí, pero nunca se sabe hasta dónde puede uno verse arrastrado si se deja seducir por esa Voz interior, la más implacablemente dulce y la más dulcemente implacable. Ese vértigo que se apodera de nosotros, ese salto hacia lo desconocido que nos atrae…
¿Hasta dónde puede llevarnos?
Hasta la santidad.
Eso fue precisamente lo que comprendió Jacques Rivière un día, en su campo de prisioneros, al día siguiente de su conversión. Entonces sintió pánico y, con un brusco movimiento de resistencia, retrocedió, suplicando a Dios en una oración conmovedora que no le pidiera demasiado:
“No estoy hecho para eso; gozo de demasiada buena salud; estoy demasiado acomodado a la vida. Dios mío, aleja de mí la tentación de la santidad. No es mi obra.
Conténtate con una vida pura y paciente, que haré todo lo posible por ofrecerte.
No me prives de esas alegrías deliciosas que he conocido, que tanto he amado y que tanto deseo volver a encontrar.
No te confundas. No soy de la especie adecuada. Estoy casado y soy padre; soy escritor.
No me tientes con cosas imposibles. Perdería en ello un tiempo que puedo emplear de otro modo a tu servicio.”
Pobre Jacques Rivière. Tuvo miedo de la santidad, tuvo miedo del Amor. De regreso del cautiverio perdió a ese Dios que había reencontrado en los campos. Solo en su lecho de muerte tendió finalmente los brazos hacia el Amor que venía a llamarlo.
*
Cierta intensidad de amor y de vida nos asusta a nosotros, los medio dormidos, los que apenas hemos despertado. Un poco, pero no demasiado: esa es nuestra medida. Pero no es la medida del Padre de inmensa ternura. Él es demasiado ambicioso para sus hijos.
Por eso su Voz, a la que todas las demás voces hacen eco, se esfuerza por despertarnos, seducirnos y arrancarnos de ese sepulcro que nosotros mismos somos para nosotros: “¡Lázaro, ven fuera!” ¡Sal, pues! Ya es tiempo de amar, ya es tiempo de vivir.
“Hoy, si oímos su voz, que no endurezcamos nuestros corazones.”
(Salmo 95)

