Amar la fragilidad
Queridos matrimonios:
Que la paz de Cristo y el amor de María reinen siempre en sus hogares.
En el caminar diario de nuestra vida matrimonial, a menudo experimentamos tensiones y roces que amenazan nuestra unidad. Ayer meditábamos sobre una realidad muy humana y sutil: qué fácil nos resulta ver la paja en el ojo de nuestro cónyuge (Mateo 7, 3), usándola como excusa para señalar sus errores, mientras ignoramos por completo la cizaña que habita y crece en nuestro propio corazón.
Cuando surgen las diferencias, el orgullo nos empuja a sentirnos ofendidos antes que a mirarnos a nosotros mismos. Nos convertimos en jueces severos del otro, proyectando en el esposo o la esposa nuestras propias frustraciones y levantando muros que nos alejan.
La parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13, 24-30) arroja una luz sanadora sobre este dolor. Nos recuerda que fuimos creados por el Padre con maravillas y deficiencias, con luces y con sombras. Dios no se escandaliza de nuestra fragilidad; Él nos envuelve con su abrazo y cuenta cada uno de nuestros cabellos. Sin embargo, para sanar la relación, necesitamos cambiar la mirada: dejar de vigilar el campo del cónyuge para empezar a cultivar el propio.
Por eso, los invitamos a acoger esta reflexión en pareja a través de cuatro pasos fundamentales:
• El engaño de la cizaña ajena: Sentirse ofendido es la excusa perfecta del ego para no mirar el terreno propio. En la noche del enfado, el enemigo nos ciega y nos hace creer que somos puro trigo y que el otro es pura cizaña. Reconozcamos que la diferencia del cónyuge no es un ataque criminal, sino la convivencia de dos realidades frágiles bajo el mismo techo.
• De la paja en el ojo a la labranza propia: Es imposible sanar el matrimonio si vamos por la casa con pinzas de cirujano queriendo extirpar los defectos del otro. La madurez conyugal comienza cuando nos arrodillamos y decimos: «Señor, antes de pedirte que cambies a mi cónyuge, muéstrame mi propia cizaña: mi orgullo, mi dureza y mi necesidad de tener la razón». El único campo que tenemos autoridad para limpiar es el nuestro.
• La ofensa como espejo e intercesión: Cuando algo que hace el otro nos ofende desesperadamente, rara vez se debe solo a su error; suele reactivar una cizaña interna (inseguridades o heridas del pasado). Es aquí donde la espiritualidad conyugal se vuelve revolucionaria. Comprendemos entonces que ninguna mujer es más fuerte sino cuando hace uso de la fragilidad de su cónyuge… no para exhibirla o reprocharla, sino para convertirla en el suelo sagrado de su intercesión. La verdadera fortaleza de la esposa en el matrimonio no nace de aplastar al esposo con sus errores (la paja en el ojo), sino de rodear su cizaña con el trigo de la oración, convirtiéndose en guardiana y protectora de la santidad de su hogar. Al ser conscientes de nuestras propias incoherencias, recibimos la gracia de ser misericordiosos con la naturaleza humana del cónyuge quien también lleva a cuestas el peso de su propia fragilidad.
• Cambiar el arrancar por el abrazar: Al pelear desde la ofensa, intentamos «arrancar la cizaña» del otro con gritos, reproches o silencios castigadores. El Dueño de la mies nos advierte que esto destruye el trigo: la intimidad, la confianza y el amor. Dios nos pide paciencia. No te enfoques en destruir lo malo de tu pareja; enfócate en regar, aplaudir y potenciar el trigo que vive en ella. El trigo fuerte termina ahogando a la cizaña.
Para llevar esta reflexión a lo profundo del corazón, los invitamos a vivir un momento de intimidad con el Señor a través de la siguiente guía de oración:
«Ayúdanos, Padre, a aceptarnos del todo, a reconocer nuestras deficiencias y a alegrarnos de nuestras cualidades personales y únicas. Enséñanos a perdonarnos los errores, a convivir con nuestras incoherencias y a ser misericordiosos con nuestra naturaleza humana, para así serlo aún más con el otro. Gracias por crearnos así, con trigo y con cizaña, Padre. Cuida nuestro matrimonio y haz que el trigo de tu amor gane siempre la batalla en nuestro hogar.»
Amén.
Gino Capelo Recalde.

