El silencio que mata al amor

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Por Henri Caffarel
El Anillo de Oro. Num. 13. Enero – Febrero, 1947. Pag. 17 – 18

¿Conocen a ese héroe de Mauriac que acusa a su mujer de destruirlo con su silencio despreciativo?

Mientras él cosecha brillantes éxitos profesionales afuera, en su hogar solo encuentra indiferencia:

“Cuanto más cerca estaba yo de creer en mi importancia, tanto más lograbas que me sintiera nada…”

Él reacciona con odio, un odio devorador que quizá no sea más que un reflejo del instinto de conservación de una personalidad que no quiere dejarse hundir.

Un Santo habría reaccionado de otra manera, pero él no es un Santo; ni siquiera es “practicante” religioso, como lo es su esposa. Para ser justo, encuentro que su odio está mucho menos alejado del amor que la indiferencia de su mujer.

Podrán juzgarlo a partir de la lectura de esta página que él le dedica:

“Es de otra clase de silencio de la que me quiero vengar: el silencio en el que te obstinabas respecto a nuestro matrimonio, a nuestro profundo desacuerdo. Cuántas veces, en el teatro, o leyendo una novela, me he preguntado si existen, en la vida real, amantes y esposas que armen un ‘escándalo’, que se explican a corazón abierto, que encuentran alivio al explicarse.

Durante esos cuarenta años en los que hemos vivido uno al lado del otro, encontraste la fuerza para evitar cualquier palabra un poco profunda, siempre me cortaste abruptamente.

Creí por mucho tiempo que había un propósito deliberado, en un prejuicio cuya razón se me escapaba, hasta el día en que comprendí que, sencillamente eso no te interesaba. Yo estaba tan fuera de tus preocupaciones que te evadías, no por terror, sino por aburrimiento. Eras hábil para oler la tormenta, me veías llegar a distancia; y si te tomaba por sorpresa, encontrabas excusas fáciles, o bien me palmeabas la mejilla, me dabas un beso y salías por la puerta.”

(François Mauriac. Nudo de víboras)

Esta indiferencia del corazón que, bien podríamos decir, se expresa por el silencio, ¿no es peor que el odio, más profunda y aún más mortal?

Donde hay odio, el amor decepcionado está muy cerca. Pero ninguna huella de amor está inscrita en el mármol de la indiferencia.

Mientras que odiar es estar completamente ocupado en el otro, aunque sea para herirlo, para el indiferente el otro no existe, ni siquiera como enemigo: ha sido borrado del mundo de los vivos.

La indiferencia es la actitud que se tiene frente a la nada. Uno no espera nada del vacío y, por lo tanto, no sienten su presencia ni decepción ni odio.

Me pregunto si no hay, en el caso de esta mujer, ese miedo a ser arrastrada a amar, que me ha parecido descubrir a veces en alguna esposa endurecida en su indiferencia o en ciertos hombres atrincherados detrás de su suficiencia.

Amar es un riesgo que no quieren correr. Pues, el amor puede arrastrar terriblemente lejos: se acaban la cómoda quietud y las bellas seguridades farisaicas, el día en que uno es quemado por él.

Y precisamente si hubiera una “explicación” y si esta explicación dejara vislumbrar una bondad de corazón en el cónyuge, si probara que no tiene toda la culpa que se le atribuye. ¿No se vería tentado a amarle?, al menos, ¿no se perderían las razones para no amarlo?

Pero uno se aferra a esas razones, las protege, las alimenta. Uno no quiere ser sacado de su egoísmo: está tibio como en una cama a la hora de levantarse, se prefiere seguir hundido en él.

Ciertas personas tienen un instinto secreto que les hace rechazar la tentación de amar con la misma espontaneidad con que a otros los aparta del pecado.

Este miedo al riesgo del amor se encuentra también en las relaciones del alma con Dios. Los sacerdotes conocemos bien esta categoría de cristianos que huyen del cara a cara con Dios, temen esa confrontación con Él que es la oración, temen ser fascinados por el Fuego y prefieren la oscuridad.

Negarse a hablar: uno de los pecados más graves contra el amor. Uno de los signos más claros del egoísmo.

Es cierto que rara vez nos encontramos ante los casos extremos que nos ofrecen los personajes de Mauriac.

Pero su mérito radica en hacernos descubrir en nuestro corazón los primeros síntomas de ese mal del que ellos mueren. En la mayoría de los hogares no hay un muro entre los cónyuges que los separa, sino simplemente una ligera película de barniz aislante; pero, aunque es sólo eso, ¡qué difícil es ya romperla para explicarse!

Es cierto que ‘el diálogo’ cuesta caro. Implica quitarse la máscara, ser verdadero, revelar el corazón. Y revelar el corazón es ya entregarlo, es ya amar.

Siempre volvemos a lo mismo: no tenemos ganas de amar, no tenemos la generosidad de dar el primer paso de amor. Uno no quiere ser el primero en decir la primera palabra de amor.

Es verdad que esto exige coraje: porque es quitarse la armadura, es volverse vulnerable. Y se teme esa herida, la más penetrante y la más dolorosa de todas, que causa ser rechazado justo cuando se ofrece lo mejor de uno mismo: es como que uno avanza a pecho descubierto para entablar conversaciones de paz y amor; y el otro aprovecha para apuntarle al corazón.

“Maldito aquel que nos desanima cuando se quiere amar”, escribía Bernanos. Maldito aquel que no toma en serio, o sospecha de esa mano que se le extiende para ofrecerse, de esos gestos que a menudo son o han sido posibles después de una larga lucha interior, después de una victoria heroica sobre el egoísmo.

Volver cuando uno ha sido rechazado, exige un gran esfuerzo del corazón. Y, sin embargo, no hay que resignarse a la derrota. Más tarde se corre el riesgo de que sea demasiado tarde; los corazones se anquilosan como las rodillas enyesadas. Hay que entregarse, y hacerlo tanto más totalmente cuanto que quizás uno se había retirado y negado antes.

¡Qué difícil es pronunciar de nuevo la palabra de amor verdadero en medio de este desierto helado del silencio!

Y si de nuevo no es escuchada, y si es ridiculizada, será mucho más difícil volver a decirla y repetirla otra vez, en el momento oportuno, sin impaciencia ni respeto humano. Pero todo es posible con mucha paciencia y, sobre todo, fe en Aquel que nunca deja solo al hombre que lucha por la victoria del amor.