¿Será la alegría un pecado?
Por Henri Caffarel
El Anillo de Oro. Num. 44, Marzo – Abril de 1952, Pag. 78 – 80.
Cada siglo tiene sus moralistas —en el sentido de nuestra literatura clásica— que aconsejan, condenan y orientan. Si el nuestro es muy rico en escritores que halagan los deseos de sus lectores, tampoco carece de moralistas, cristianos o no.
Uno de sus temas preferidos desde la guerra es la inquietud, una inquietud pariente cercana de la angustia. A juzgar por lo que dicen, parecería que esta inquietud fuese la gran virtud. Dormir bien es despreocupación; ser feliz es insultar el sufrimiento de los hombres. Pero tener “mala conciencia”, eso sí sería el estado de gracia.
Citan gustosamente esta frase de una heroína de Anouilh:
«Siempre habrá un perro perdido en alguna parte que me impedirá ser feliz».
(llega uno a preguntarse si no se trata de una palabra del Evangelio).
Y si el lector se subleva, si lucha porque en semejante atmósfera siente que le sobreviene la asfixia, nuestros moralistas lo reprenden con más fuerza:
¿Cómo pueden reír mientras otros lloran? ¿Cómo se atreven a leer tranquilamente su periódico junto al fuego, mientras tantos seres humanos no tienen ni techo ni fuego? ¿Cómo tienen corazón para bailar sobre un volcán que ruge?
Así, incluso los propios cristianos acaban por tener mala conciencia y por preguntarse si la alegría no será pecado. Sin embargo, un instinto protesta en ellos:
No es la vulgar alegría de vivir la que reclama sus derechos, sino algo que proviene de una zona más profunda.
Entonces resurgen las palabras de Cristo:
«Pidan, y recibirán, para que su alegría sea perfecta.» «Nadie les podrá quitar su alegría».
Y también las palabras de san Pablo:
«Alégrense siempre en el Señor; lo repito, alégrense».
Alegría. Inquietud. Hay una gran confusión. ¿Dónde está, pues, la verdad?
Nuestras alegrías dependen de nuestros amores.
Si la esposa o los hijos son felices, la alegría habita en nosotros; si sufren, la alegría nos abandona. Para el cristiano, el primer amor —no sólo primero en dignidad, sino primero en fuerza y en realidad— es el amor a Dios, es decir, el amor a Cristo.
Y si Cristo está en la alegría —y Cristo está en la alegría, porque por su muerte venció al sufrimiento y a la muerte, y está sentado a la derecha del Padre—, entonces fluye en lo más profundo del alma cristiana ese río subterráneo de una alegría indestructible, precisamente aquella que Cristo prometía.
Este amor a Cristo, que produce la alegría del cristiano, produce también su dolor.
Amar a Cristo es amar a aquellos a quienes Él ama: sin duda a todos los hombres, pero con predilección a quienes Cristo amaba entre todos: los lisiados, los marginados, los pobres de toda condición.
Así, el corazón del cristiano se abre a la marea creciente de los sufrimientos humanos: los de los catorce millones de refugiados alemanes que abandonaron su provincia y su casa, y que a veces perdieron a sus hijos pequeños en el camino; los de los hermanos cristianos detrás de la Cortina de Hierro; y también, muy cercana, la angustia de tantos hogares de Francia.
Pienso en este matrimonio: padre, madre y tres hijos que viven en una triste habitación de hotel y un pequeño cuarto. Durante el día, para poder circular, hay que colocar la cuna sobre la cama…
¡Ah! Aquel que un día se abrió al amor de Cristo y, por medio de Él, al sufrimiento de los hombres, ha perdido su tranquilidad: la compasión es en su corazón una pasión devoradora.
Una pasión devoradora que lo impulsa a actuar. En primer lugar, en Dios. Ya sea que esté en el metro, en la calle o en el taller, se propone vivir en una “oración y ofrenda permanentes”. Presenta a Dios, que habita en él, el dolor de los hombres.
Esta alegría de Cristo que canta en lo más profundo de su ser no tiene descanso hasta que Dios la conceda a todos sus hermanos.
Abogado de los desdichados ante el Señor, también quiere socorrerlos: desearles la alegría sin compartir con ellos su pan, no, eso no es posible.
Lo había comprendido bien aquella viuda que debe trabajar para mantener a sus tres hijos, pero a quien la miseria del mundo persigue: hace unos días, ella me entregaba doscientos cincuenta mil francos, diciéndome:
«No pude resistirme: vendí mi anillo de compromiso; disponga de esta suma para ayudar a un hogar en la miseria».
Socorrer al pobre está bien, pero ese no es todo el deber del cristiano.
Una civilización se desmorona —quizá precisamente por haber edificado la tranquilidad de algunos sobre la miseria de otros—. Se están elaborando nuevas estructuras. El cristiano de hoy tiene el deber de construir un mundo más justo.
Pretender sufrir por la miseria del mundo y no comprometerse en la transformación de ese mundo: ¡qué inconsecuencia!
Así, el corazón del cristiano —hablo del verdadero discípulo de Cristo— está cargado del inmenso sufrimiento humano (y también del enorme pecado del mundo, pero este es otro tema).
Una inquietud lo quema, ciertamente, la de San Pablo:
«¿Quién es débil sin que yo me sienta débil? ¿Quién cae sin que un fuego me consuma?».
Pero la angustia de los hombres no anula en él la alegría de Dios. Es esta alegría la que, por contraste, le permite medir la angustia;
Es ella, y no la estéril angustia que algunos exaltan, la que lo impulsa siempre a socorrer todas las miserias.
Y si tantos cristianos de hoy siguen estando escandalosamente «tranquilos», no es la falta de angustia lo que hay que reprocharles, sino el no poseer esa Alegría de Cristo, que se nutre de la unión con Cristo.

