Henri Caffarel, maestro de la Oración
Jacques Gauthier —
Me crucé con el padre Caffarel en el verano de 1973, cuando yo vivía en la comunidad de L’Arche de Jean Vanier en Trosly-Breuil. Él había ido a hablar con otros responsables de comunidades y grupos de oración sobre la implantación de la Renovación Carismática en Francia. Pequeño de estatura, reservado, los ojos vivos, me llamó la atención el carácter enérgico de aquel sacerdote apasionado y riguroso cuyo único horizonte era Dios.
Su vida se puede dividir en dos grandes partes. Durante unos treinta años, se comprometió con las parejas, las viudas y los Equipos de Nuestra Señora. A partir de 1973, se consagró a los buscadores de Dios a quienes recibía en la casa de oración de Troussures. Multiplicó las propuestas para dar a conocer la oración a todos: libros, semanas de oración, conferencias, cursos por correspondencia, escuelas de oración.
El secreto de tanta fecundidad: su encuentro con Cristo en la oración. Cuando él hablaba de Dios y de rezar, casi siempre se refería a Cristo y a la oración. En Julio de 1978, confiesa a Claude Gourre de la revista Panorama Aujourd’hui: « Si mi sacerdocio ha tenido alguna eficacia, sé que se lo debo a la oración ». Le había hecho la misma confidencia a Jacques Chancel con ocasión de la emisión Radioscopie del 15 de marzo de 1973: « Verdaderamente, yo atribuyo todo en mi vida a la oración ».
La oración ocupaba el primer lugar en su vida porque Cristo también lo ocupaba. Desde el comienzo de su apostolado con las parejas en 1939 y hasta el final de su vida, ese hombre de fe oraba alabando largas horas al día, con frecuencia delante del Santísimo Sacramento y se concedía varios meses de desierto cada año. Así era como él se dedicaba a la oración, según las declaraciones de un testigo:
« Sentado sobre su banqueta de oración, el cuerpo y la cabeza bien derechos, los ojos casi siempre cerrados, las manos muy abiertas sobre las rodillas, perfectamente inmóvil, recogido, totalmente ante Dios presente en lo más íntimo de sí mismo. Nada más importaba. Se habría podido decir que era como una sábana desplegada al sol, imagen que a él le gustaba para hablar de la oración. Nada de cursi o empalagoso, sino una paz, una estabilidad, una fuerza emanaban de él. »[1]
Por un medio tan simple como la oración, él se adentraba así más en la intimidad de Cristo. El deseaba compartir con otros ese encuentro que le daba la alegría de vivir. El 25 de marzo de 1973, confió a los Responsables de Sector de los Equipos de Nuestra Señora: « No puedo dejar de desear para los otros este encuentro con Cristo vivo, este descubrimiento de que Dios es amor »
La oración era una necesidad vital para él. Se asombraba de que fuera ignorada por tantos cristianos y parejas, todos llamados a la santidad. El mencionaba las causas de esta falta de conocimiento: poca fe y amor a Dios, desconfianza en la Iglesia ante la mística, confinamiento de la oración a las comunidades contemplativas, falta de formación del clero y de los laicos en la vida de oración. Él mismo se inspiraba en los maestros espirituales cristianos, citando a Teresa de Ávila y Juan de la Cruz en sus escritos y retiros. Sin su ayuda y ejemplo, muchos religiosos y laicos no hubieran leído a esos maestros del Carmelo, ya que sus obras les parecían muy difíciles.
Reflexionando sobre las religiones y sabidurías orientales, el fundador de las revistas L’Anneau d’Or ( El Anillo de Oro) y Cahiers sur l’oraison (Cuadernos sobre la Oración) se preguntaba por qué tal atracción de los jóvenes por la meditación de tipo oriental y tanta ignorancia sobre la gran tradición cristiana de la oración, llamada también oración contemplativa. El suplió esas deficiencias convirtiéndose en un verdadero maestro de oración en el siglo XX, un profeta para nuestro tiempo que supo revelar el Dios de amor presente en nosotros.
Cuando me pidieron para este coloquio una conferencia sobre la importancia de la oración para el padre Caffarel, lo dudé, vista la amplitud del tema. Después acepté porque la oración también es vital en mi vida desde mi encuentro con Cristo en 1972 y mi matrimonio en 1978. El número de palabras requeridas para este texto no podía contener todo lo que yo quería decir. Un fuego me invadía, como si las palabras se estuvieran quemando desde el interior. Mi entusiasmo se unía al del padre Caffarel quien declaró en 1975 en el n° 143 de los Cahiers sur l’oraison: «¿Se puede frecuentar el Fuego sin quemarse, acercarse al Amor sin arder de amor por Dios y por los hombres ? La oración y la caridad están ligadas ».
Un libro inesperado nació de esta experiencia de escritura: Henri Caffarel Maitre d’oraison (Henri Caffarel Maestro de oración), publicado por Ediciones Cerf. He extraído del libro cinco características de la oración y cinco consejos que él da para la práctica cotidiana de la oración. Para ser fiel al espíritu del fundador de la casa de oración de Troussures, os invito a hacer dos minutos de oración silenciosa. Cerremos los ojo penetremos en nuestro corazón y ahí, presentes ante la Presencia, volvamos a decir a Cristo que creemos en El y que lo amamos.
Cinco características de la oración de Henri Caffarel
En su famoso libro Présence à Dieu. Cent lettres sur la prière (Presencia de Dios. Cien cartas sobre la oración), el predicador de retiros definió así la oración : « Una orientación profunda del alma, un intercambio más allá de las palabras que, sin ignorar la palabra, está hecho de otra cosa, una atención, una presencia ante Dios de todo el ser, del cuerpo y del alma, con todas las facultades despiertas. » (p. 24). Para él, la oración es una presencia ante Dios, un encuentro con Cristo, una relación de amor, una experiencia del corazón, un acto eclesial.
Una presencia ante Dios
La oración no es solamente una técnica de meditación que nos hace presentes ante nosotros mismos y ante el mundo, sino una forma de ser que nos permite reconocer una presencia más grande en el corazón de nosotros mismos, Dios, que nos precede y que se sitúa junto a nosotros. El tiempo de oración es una experiencia de fe, nos recuerda el padre Caffarel, donde nos colocamos bajo la mirada de Dios y conversamos con El en silencio, dejándonos purificar y transformar por su amor.
Siempre pasa algo cuando hacemos oración, aunque no sintamos nada. La expresión « hacer oración » es muy ambigua. El autor de Cinq soirées sur la prière intérieure (Cinco veladas sobre la oración interior) no la utiliza con mucha frecuencia. Es más justo decir que nos entregamos a la oración porque vamos a Dios por Dios, tal como somos. Nosotros no hacemos casi nada, sino estar ahí, entregados a la misericordia del Señor, queriendo estar atentos a su presencia, a pesar de las distracciones y sequías.
Un encuentro con Cristo
No es la oración lo que primero apasiona al Padre Caffarel, sino Cristo. Él quiere llevar a cada persona a vivir un encuentro personal con Cristo. Solo Él nos libera y puede calmar nuestra sed de lo absoluto. El recogimiento, la oración, el silencio no son más que medios para llegar a la finalidad de toda oración que es la unión con Dios, el encuentro con Cristo. No se trata de hacer un vacío en el cerebro, de buscar un bienestar emocional, sino de escoger en cada instante de la oración la opción de Dios por medio de actos de fe, de esperanza y de amor. Se trata de comulgar con Cristo, de conocerlo más profundamente leyendo con frecuencia el Evangelio. « En la oración, como en todo encuentro, cada una de las dos personas es activa. Cristo misteriosamente nos inicia en sus pensamientos, sus sentimientos, su voluntad, y nos transforma. El hombre, por su parte, se debe esforzar por escuchar, comprender y responder. » (Cinq soirées sur la prière intérieure, p. 16).
Todo cristiano que ama a Cristo debería pues entregarse a la oración cada día, decía el fundador en Troussures. Él entregaba a los participantes en los retiros un texto para meditar, donde Cristo repite a cada uno: “Ámame tal como eres ». Ese texto que se encuentra en mi libro, ilustra bien la oración en tanto que encuentro con Cristo y relación de amor.
Una relación de amor
Para el padre Caffarel, la oración es una relación personal con Dios desde el interés del corazón, no una búsqueda de interioridad a cualquier precio. El invita a echar una simple mirada de amor hacia el Cristo que nos ama. No es complicado ni difícil, recuerda él, pero como toda relación de amor entre personas, la oración es una realidad simple y compleja. Nos sentamos en silencio, hablamos con Cristo, lo amamos, invocamos al Espíritu para que viva y actúe cada día más en nosotros. Es una cuestión de fe viva, alimentada por la meditación asidua de las Escrituras y el amor al prójimo. Dejamos que Cristo viva y ore en nosotros
La verdadera oración brota del corazón y se eleva cuando le dedicamos tiempo. Es como el amor, hay que ponerlo en práctica día tras día. Nosotros no buscamos la ensoñación y la tranquilidad en la oración, advierte el redactor de los Cahiers sur l’oraison, completamos un gesto de amor gratuito por Dios. Es toda nuestra vida la que se beneficia, la pareja y el mundo también.
Una experiencia del corazón
La oración es una inmersión profunda en nuestro corazón, allí donde reside el « yo quiero ». No designa la afectividad, sino ese « órgano » espiritual, indica el padre Caffarel, que nos permite entrar en relación con Dios. Como ayuda a sumergirnos en nuestro corazón, él sugiere el consejo del hermano Laurent de la Resurrección, humilde cocinero carmelita del siglo XVII, quien recomendaba sumergirse en sí mismo algunos segundos varias veces al día para adorar a la Trinidad presente en el fondo de nuestro corazón.
Por la oración, volvemos al corazón y reconocemos la fuente de amor que lo hace latir. En este sentido se puede hablar de interioridad cristiana. Mientras más lleguemos a la profundidad de nuestro corazón, más se acerca Dios a nuestra conciencia, si no dejamos a nuestro « yo » que se deje acaparar por todo lo que le reclama. « Es a ese precio como llegaremos a vivir en el nivel profundo, en el nivel del « corazón nuevo », en el momento de la oración y durante todo el día. Llegará el día en que podremos decir como el esposo del Cantar de los Cantares: « Yo duermo, pero mi corazón vela » (Ct 5, 2). » (Cinq soirées sur la prière intérieure, p. 82).
Un acto eclesial
La oración no es un acto individualista que nos aparta del mundo, sino que nos permite llevarlo en nuestro corazón y ofrecérselo a Dios. No es solamente la contemplación del rostro de Cristo, sino también un compromiso y proximidad hacia las personas que sufren, según el carisma de cada uno: « Cada vez que lo hicisteis a uno de estos pequeños que son mis hermanos, es a mí a quien lo hicisteis » (Mt 25, 40).
La oración cambia nuestra mirada haciendo que veamos el mundo y la Iglesia con la mirada de Cristo. No es pues un acto solitario con Dios, sino un acto eclesial. Mi sitio de oración, dirá el padre Caffarel, es Cristo y también la Iglesia. En él reunimos a la inmensa multitud de hermanos y hermanas que están en el cielo, en la tierra, en el purgatorio, y que constituyen la Iglesia en su bello misterio de la comunión de los santos. Así es como la oración nos prepara a vivir con la asamblea de creyentes la gran oración de la Eucaristía, «cumbre hacia la cual tiende la acción de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde emana toda su virtud » (Vaticano II, Constitución sobre la Santa Liturgia, 10). En los Cahiers sur l’oraison de septiembreoctubre de 1978, el padre Caffarel escribe: « Cuando ores, toma conciencia de que eres Iglesia en la Iglesia. Únete a todos tus hermanos: que tu voz se funda en el canto del gran coro. La misa es la hora privilegiada donde Cristo y la Iglesia se hacen uno para alabar al Padre. » (p. 166).
Cinco consejos para vivir la oración cotidianamente
La pedagogía de las Semanas de Oración ha dado muchos consejos sobre la práctica de la oración. Aquí os presento cinco: querer orar, fijarse un tiempo cada día, comenzar bien, habitar su cuerpo, unirse a la oración de Cristo. Fijémonos que no se está proponiendo un método en particular. La fecundidad de la oración, que es un don de Dios, no depende de una postura física, de una técnica respiratoria o de un método de meditación, sino de una unión con Cristo muerto y resucitado. El método, personal de cada uno, no es más que un instrumento para ponernos a disposición del Señor, parar abrirnos a su misericordia. Con el tiempo, uno se da cuenta de que el mejor método es no tenerlo.
Querer orar: el piloto automático
« Querer orar, es orar », afirma el padre Caffarel, refiriéndose a San Agustín. Durante la oración, lo importante no es estar atento todo el tiempo a Dios, cultivar bellos pensamientos sobre Él, experimentar sentimientos agradables. No, lo esencial reside en la voluntad, en una orientación libre de todo nuestro ser vuelto hacia Dios. Este camino interior no es voluntarismo, pero requiere una disciplina para velar con Dios. “Señor, yo quiero que esta oración sea lo que Tú quieres”. Este acto lúcido de querer lo que Dios quiere sobrepasa las sensaciones, los sentimientos, las distracciones, las imágenes, las ideas que podamos tener, escribe el autor en las Cinq soirées sur la prière intérieure:
« Pero entonces, si lo esencial de la oración no reside en la estabilidad de la atención, ni en el « yo siento », ni en el « yo pienso », ¿dónde encontrarlo? En el “yo quiero”, la adhesión de mi voluntad a la voluntad de Dios. Lo que viene querer decir que la oración no es un asunto de atención, ni de sensibilidad, ni de actividad intelectual. Consiste en esa orientación que imprimo voluntariamente a mi « corazón profundo. » (p. 34).
Ese “yo quiero” se convierte en el “piloto automático » de la oración, expresión muy querida por el padre Caffarel que él llama también “intención”. La intención de entregarse sin reserva al amor de Dios en la oración conduce todo el recorrido, aún si la atención a Dios no se mantiene siempre. La intención viene de nosotros y nos compromete a continuar orando, la atención a Dios es una gracia que nos conduce a degustar su silencio de amor.
Fijarse un tiempo todos los días: saber durar
Henri Caffarel decía: « ¡En la oración, es Jesús quien toma el volante! ». Es necesario que tomemos la decisión de estar cada día, a la hora fijada, para acompañarle en ese encuentro de amor. El tiene toda la iniciativa en ese corazón a corazón, nosotros no debemos tomar su lugar, sino el nuestro dejándonos transformar libremente por su presencia. El mayor esfuerzo a hacer en la oración es no hacerlo. Es suficiente estar delante de Aquél que siempre se encuentra ahí, dirigiéndonos a Él con la mirada, el suspiro, la repetición interior de una fórmula breve.
El Señor deja libre el lugar y el momento más conveniente para la oración, o los minutos que se le van a consagrar. El padre Caffarel sugería al menos treinta minutos. « Se necesita tiempo para liberarse de uno mismo y de las preocupaciones, para que el ser profundo, el « corazón » se despeje y entre en juego. » (Cinq soirées sur la prière intérieure, p. 61). Lo importante es « durar » en la intención de perseverar, como le escribe a un joven que desea unirse a Dios en la oración: « Si estás decidido a soportar, a perdurar, a afrontar el desierto y la noche, entonces ten confianza. » (Présence à Dieu, p. 260).
Comenzar bien: La relación Yo-Tú
En la oración silenciosa, basta con estar y amar, no tener o hacer. Por mucho que tengamos una intención firme, la decisión de orar cada día a la hora fijada, regulado el piloto automático de nuestro “yo quiero lo que Tú quieres”, es primordial comenzar bien. En el n° 198 de los Cahiers sur l’oraison, de noviembrediciembre 1984, el practicante encuentra sugerencias concretas:
« Os animo vivamente a cuidar los gestos y actitudes al principio de la oración. Una genuflexión bien hecha, acto del alma tanto como del cuerpo; una actitud física neta y fuerte de hombre despierto, consciente de sí mismo y ante Dios; una señal de la cruz, lenta, cargada de sentido. La lentitud y la calma son de gran importancia para romper el ritmo precipitado y agitado de una vida tan ocupada como la vuestra. Algunos instantes de silencio: como un golpe de freno, contribuirán a introduciros en un clima de oración y a operar la ruptura necesaria con las actividades precedentes. También puede ser conveniente recitar una oración en voz alta, muy lentamente. Tomad conciencia entonces, no digo de la presencia de Dios, sino de Dios present; alguien que vive, el Gran Viviente que está ahí, os espera, os mira, os ama. El tiene su propia idea sobre esta oración que comienza y os pide adheriros plenamente a lo que El quiere. » (p. 12-13).
El padre Caffarel insiste en establecer la relación « Yo-Tú » con Dios, con Cristo, desde el comienzo de la oración. Lo importante no es detener los pensamientos que van y vienen, sino volvernos hacia Dios en la fe con todo nuestro ser: « Señor yo se que Tú me esperas, que me entiendes»; «Yo sé que me miras y que me amas» «Adoración, amor filial, relación Yo-Tú, disponibilidad: esas son las disposiciones interiores sobre las cuales debe reposar toda oración autentica.» (Cinq soirées sur la prière intérieure, p. 63).
Habitar su cuerpo: un aliado y un apoyo
¿Qué podemos nosotros dar a Dios en la oración, sino nuestro tiempo y nuestro amor? ¿Y cómo se expresa esto sino a través del cuerpo que sostiene la elevación del alma hacia Dios? El fundador de los Equipos de Nuestra Señora habla del cuerpo como “el ostensorio del alma que ora”. Él resalta la importancia del cuerpo para la oración en un folleto publicado en 1971. Muestra que las actitudes corporales en la oración deber ser al mismo tiempo actitudes de quien está despierto. El cuerpo puede ayudar haciendo « beneficiar el espíritu de su vitalidad, de su equilibrio, de su paz. Le corresponde disponer el a la relajación, al impulso, al abandono en la ofrenda a Dios. » (Le corps et la prière (El Cuerpo y la oración), p. 3). Es necesario pues colaborar con el cuerpo para que sea un aliado en la oración dándole una buena higiene de vida: alimentación sana, sueño suficiente, ejercicio físico, caminar por la naturaleza.
El cuerpo no es solo el actor por el cual se expresa la oración, sino también el motor que la desencadena. La postura corporal crea una actitud interior que se convierte en oración, de ahí la importancia de sentarse bien. Ciertamente, la posición ideal es aquella en la que uno se siente bien, es decir la que relaja el cuerpo, en la cual uno se puede mantener tiempo suficiente sin dolor y que favorece la atención del espíritu. Cosa que en sí es todo un reto, porque el estrés hoy está siempre presente y el exceso de trabajo nos agota, cosa que no ayuda a habitar nuestro cuerpo. La agitación del cuerpo a menudo lleva consigo la agitación del espíritu.
Unirse a la oración de Cristo: la unión con Dios
¿Qué hacer durante la oración? Unirse a la oración viva que Jesús continúa dirigiendo a su Padre desde lo más profundo de nuestro corazón. Debemos dejar que su oración nos invada, nos seduzca para que salga de nosotros esa gran alabanza al Padre. Nos unimos a la oración de Jesús repitiendo su nombre con amor, recitando lentamente un Padre Nuestro. Nuestra oración es la suya en el Espíritu, está en nosotros por pura gracia desde el día de nuestro bautismo.
« No se trata tanto de « hacer » oración como de « acoger » en vosotros una oración que se encuentra ahí, ya hecha. La oración cristiana no es una obra del hombre, sino una obra de Dios en el hombre. Desde el día de vuestro bautismo, y del momento que estéis en gracia, la oración se encuentra en vosotros. Desde luego que no al nivel de la sensibilidad, ni de los sentimientos o ideas, sino mucho más profundamente, en esa zona íntima de vuestro ser, en esa cripta interior donde reside el Espíritu Santo. » (Présence à Dieu, p. 163).
En el bello libro dedicado a una mística con quien tuvo correspondencia, Camille C ou l’emprise de Dieu (Camille C. o la empresa de Dios), el padre Caffarel muestra que la oración nos hace penetrar en el misterio de amor entre las personas divinas. Es Dios quien se ama en nosotros. La oración se convierte en un movimiento fundamental « de regreso a Dios, de atención y de presencia de Dios, de sed de Dios. Un movimiento que no es sino el dinamismo teologal recibido en el bautismo » (Cinq soirées sur la prière intérieure, p. 89).
Termino con esta oración inspirada en un himno tamil que el padre Caffarel recitaba a veces al final de sus conferencias:
« Oh tú que tienes tu morada en el fondo de mi corazón,
quisiera unirme a Ti en el fondo de mi corazón ;
« Oh tú que tienes tu morada en el fondo de mi corazón,
haz resonar tu voz
en el fondo de mi corazón ;
« Oh tú que tienes tu morada en el fondo de mi corazón,
guárdame cerca de Ti
en el fondo de mi corazón.
Amén. »
(Cinq soirées sur la prière intérieure, p. 90).
[1] Padre Caffarel, profeta del matrimonio (Extractos de textos), Equipos de Nuestra Señora, 2008, p. 15.

