Henri Caffarel Fundador
Jean Allemand —
En 1936, después de varios años al servicio de la Acción Católica, el padre Caffarel pidió a su obispo un «permiso» que le fue concedido. Su intención fue la de reanimarse espiritualmente y prepararse para un apostolado más directamente espiritual. Escribió entonces a Mons. Ghika:
«El cardenal me ha pedido que me retire del puesto que tenía para darme otro. Yo le he expresado mi deseo de tener un año de descanso. Deseo vivamente que me lo conceda. Sería, me parece a mí, tan bueno tener un año de oración y meditación en calma después de cinco años de ministerio hiperactivo…»[1]
El es impulsado por una convicción profunda, que el Concilio Vaticano II le recordará con gran claridad veinte años más tarde: todos los hombres están llamados a la santidad. Todos, incluyendo a los laicos, que le parecen muy descuidados al respecto. El expresará así esa convicción en 1942, en un texto dirigido al Cardenal Suhard :
«La santidad, que hasta ahora parecía requerir retirarse del mundo, afirma cada vez más tener su propia carta de naturaleza en pleno mundo. Lo temporal no es, para los cristianos, lo desechable; se trata de resarcirlo para hacerlo entrar en esa gran corriente que debe llevar a toda la creación hacia Dios […] Todo el problema está ahí: tendremos santos laicos (santos- entendamos bien: hombres totalmente entregados a Cristo, habitados por su caridad, impulsados por su Espíritu), obreros, campesinos, ejecutivos que sean santos, políticos que sean santos, artistas que sean santos.»[2]
Añadamos: parejas que sean santas. Porque es a esta realidad de la pareja, tan especial, a la que el padre Caffarel se va a confrontar y que lo va a preparar para ser un fundador. Sobre los comienzos de esta aventura, oí de boca del propio padre Caffarel, diferentes versiones. ¿Quién tuvo la iniciativa? ¿Las parejas o su consiliario? Difícil de decidir. De ahí mis imprecisas expresiones en el libro que le consagré. [3] Hasta un día del año 2000, cuando tuve acceso a la correspondencia inédita de dos esposos del primer grupo, Rozenn de Montjamont y Madeleine d’Heilly, correspondencia piadosamente conservada por la hija de una de ellas. Indudablemente, la iniciativa perteneció a las parejas. Esto es lo que nos demuestra una larga carta de la primera a la segunda. Es anunciada el 27 de enero de 1939 en el post-scriptum de una misiva precedente: « Desde Saint-Servan te escribiré mis ideas sobre nuestro círculo de matrimonios». Debió llegar inmediatamente y tenía varias páginas. He aquí lo esencial de ella. ¿Quién conducirá el grupo? «A priori, me ha parecido que «el animador» de lo que queremos emprender, vosotros y nosotros, debería ser un matrimonio». Esto sigue siendo válido, pero con el matiz de que los maridos están terriblemente ocupados en general. Yo pienso que en nuestro propio caso, habría manera de trabajar juntos, Pierre y yo, aunque muy desigualmente, en cuanto al tiempo dedicado o incluso en cuanto al impulso a dar…» Así que la iniciativa viene de los matrimonios (« hogares » en el vocabulario de entonces). Se ha hablado de que eran parejas jóvenes. Y sí, pero ya bien asentadas en la vida: para esa fecha, los Montjamont ya tenían 4 hijos (tuvieron 6) y los d’Heilly 2 (tuvieron 5).
Falta encontrar al sacerdote que acompañará al grupo. Las dos mujeres piensan espontáneamente en quien ya las guía espiritualmente: el padre Caffarel. Con esperanza, conscientes de su valía. Pero también con cierta reticencia, sabedoras de su fuerte personalidad. Esto nos dice una descripción del padre Caffarel en la cual merece que nos detengamos: « Otra cosa a deciros, escribe Rozenn de Montjamont, antes de hablar de todo eso delante del Padre C(Caffarel). Pierre, que lo quiere tanto como yo, encuentra a priori al capellán un poco peligroso, o más bien que hay que marcarle su sitio de manera precisa […] ¿No sería mejor, pienso yo, que esto sea un asunto entre laicos, entre matrimonios cristianos, con el apoyo, el sostén, el control de un sacerdote? Más que una capillita dirigida por un cura? ¿Qué pensáis vosotros? » Ella vuelve a esto más adelantes… « Me parece que os he chocado pareciendo temer que el Padre tome demasiado protagonismo. Más allá del reflejo de una “madre superiora” […), teníamos el recuerdo de una conversación con el padre Huet, amigo y dirigido por el padre C(Caffarel), quien lo venera absolutamente y sin embargo nos dijo que él no podía ser capellán de nada sin invadir en exceso a causa de su gran personalidad, y obstaculizar así la acción de los laicos entre ellos”. Y después de escribir largamente cómo podrían ser las reuniones ella concluyó: « Esto es lo que tenemos que considerar como dirigentes de un grupo como este. Aunque tú y yo prefiramos la palabra (es decir el pensamiento) del abad C(Caffarel) antes que todos nuestros rollos e intercambios, no podemos ignorar el sentimiento de los demás. Debemos pues, desde el principio, evitar que las reuniones se conviertan en la audición respetuosa de una conferencia del cura, seguida de un intercambio vago y tímido, y de una oración… » El temor de la invasión no impide el deseo de tener tal acompañante. Y sucede la puesta en marcha ante el Padre Caffarel. Conocemos su reacción: « Busquemos juntos. » Esto fue el 25 de febrero de 1939, durante la primera reunión del grupo (todavía no se hablaba de equipo).
Se ve claramente que el padre Caffarel respondió a una llamada. El ya conocía los problemas de aquellas parejas que acompañaba espiritualmente. Entró en la propuesta que se le hizo de agruparlos para una búsqueda en común. Además él mismo recordó ese comienzo durante un encuentro del joven movimiento en Roma en 1959, cuando se refirió a « la vocación y el itinerario de los Equipos de Nuestra Señora » : «¿Necesito precisaros que la voluntad de Dios sobre nuestro Movimiento, no la he conocido por revelación? : yo traté de descubrirla poco a poco, de descifrarla en los acontecimientos día tras día – de la misma manera como vosotros padres tratáis de discernir la vocación de un hijo, volcándoos en su evolución con un amor atento. Desde el día, ya lejano, en el que yo, sacerdote joven, recibí la visita de una joven pareja deseosa de encontrar ayuda en su marcha hacia Dios, hasta hoy ante esta inmensa asamblea, me he esforzado por comprender las necesidades y aspiraciones de los matrimonios cristianos, y en percibir en ellos los movimientos de la gracia, con el fin de ayudarles a corresponder a ella alegre y generosamente. No os puedo negar que he tenido horas difíciles: ¿cuáles son los deseos y aspiraciones que había que satisfacer para orientarlos hacia el progreso, el crecimiento espiritual? ¿Y aquellos a los que había que oponerse porque tendían hacia la mediocridad, a dejarse llevar? »[4]
Y sobre el comienzo de la aventura, continúa: «Remontando el río hasta su fuente, encontraréis a cuatro matrimonios jóvenes, ricos de un amor totalmente nuevo. Como son cristianos convencidos, pretenden no vivir su amor al margen de su de su fe. A falta de ideas precisas sobre la doctrina del matrimonio cristiano, una intuición muy viva los llena de esperanza y los lleva al sacerdote: “Sobre este amor humano que es nuestra riqueza y nuestra alegría, no es posible que Dios no haya pensado algo muy bello y muy grande; nosotros queremos saberlo, necesitamos que nos lo revele. […] Yo no estaba más avanzado que mis interlocutores. Al menos tenía la convicción de que, viniendo el amor de Dios, siendo el matrimonio una institución divina, la idea divina del amor y del matrimonio debería ser infinitamente más entusiasmante que todo lo que pudieran imaginar aquellos jóvenes hombres y mujeres. Mi respuesta fue: “Busquemos juntos, unámonos y salgamos a explorar”. “[5] Esta búsqueda, modesta al principio, se fue ampliando poco a poco. Se crearon más grupos que aportaban sus experiencias. Se estableció una organización, siempre con mucho pragmatismo. Y al cabo de ocho años se realizó la fundación propiamente dicha con la promulgación de la Carta [ver mi exposición en el Coloquio de 2010].
Me he detenido un poco en este nacimiento de los Equipos de Nuestra Señora porque es ejemplar.
Pero un proceso análogo se puede observar en la emergencia de los Movimientos para las viudas o el del Centro de Preparación al Matrimonio: una necesidad que se hace sentir, el recurso al padre Caffarel para afrontarla, un experimentación limitada que progresivamente se amplia, se organiza, se dota de reglas y de un nombre. Se ve muy bien en lo que pasó con las viudas; son unas jóvenes viudas de guerra que, 1941 1942, van a donde el padre Caffarel a pedirle que les explique el sentido de su prueba porque él ya las había ayudado en su matrimonio. Su búsqueda llevó a la fundación de la Fraternité Notre-Dame de la Résurrection (Fraternidad de Nuestra Señora de la Resurrección) en 1943, a partir de la cual nacerá en 1946 le Groupement spirituel des Veuves (Agrupación espiritual de Viudas), que pasó a ser Espérance et Vie Esperanza y Vida).[6]
Resaltemos otro aspecto del fundador. Esa experimentación, la reflexiona y busca cómo transmitir sus resultados. Es el rol de las revistas. Os acaban de hablar de L’Anneau d’Or (El Anillo de Oro), que tuvo una audiencia internacional. Pero también estaban los boletines de cada Movimiento y los boletines de cada Movimiento: La Lettre mensuelle des Equipes Notre-Dame (La Carta Mensual de los Equipes de Nuestra Señora) y Offertoire (Ofertorio) (que pasó a ser Message aux Veuves (Mensaje a las Viudas). Y, en 1956, los Cahiers sur l’oraison (Cuadernos sobre la oración) . Solo quienes han dirigido una revista, con su aparición regular, pueden comprender la cantidad de trabajo que representa el hecho de conducir unas cuantas. Porque el padre Caffarel, que lo controla todo, escribe en cada una de ellas: una editorial o una carta sobre la oración. Con la preocupación no solamente de ser comprendido sino también de resultar estimulante. Lo que él enseña es para que sea vivido. Habiendo trabajado con él, puedo testimoniar el cuidado que él ponía en cada uno de sus escritos. Me decía: « Para un artículo (o una homilía): una idea, una imagen, un sentimiento. Lo que uno diga de más es inútil”. O más aún: “Escribid « como para alumnos de Tercero “. Me explicó su método en tres tiempos: « Primero buscar las ideas, después ordenarlas, finalmente redactarlas » Cuando había escrito un editorial o una carta sobre la oración, me la entregaba con esta consigna: « Mi texto tiene tres páginas, hazme una crítica de tres páginas: lo que no funciona, por qué no funciona, y qué es lo que propones en su lugar ». Su preocupación permanente: instruir, sin duda, pero sobre todo tocar los corazones para hacerlos amar…
Debo añadir que para el padre Caffarel, una fundación jamás estaba terminada. El se volcaba en ella como un padre lo hace con sus hijos. Escribía a los Equipos de Nuestra Señora en 1960: « ¿Os sorprende si os reconozco estar al acecho de todo lo que me puede tener al tanto de la vitalidad de los equipos, temeroso de lo que puede ponerlos en riesgo? A la vista de su rápido crecimiento, tengo actualmente la sensación de un padre y de una madre ante un adolescente que crece demasiado rápido: para que el crecimiento no afecte a la robustez, es necesario vigilar mucho la alimentación” [7] Así que cada gran encuentro era la ocasión para el fundador de situar y renovar el aliento del Movimiento. Esto se notó particularmente en Roma en 1970. Después del gran discurso pastoral del papa Pablo VI, el propio padre Caffarel habló de los « Equipos de Nuestra Señora frente al ateísmo ». Y como conclusión concreta de su discurso (siempre el hombre práctico), él preconiza las nuevas « obligaciones »: la oración, la lectura de la Palabra de Dios y la ascesis. Se venía entonces de la crisis de 1968 y él dijo: « No es posible superar las grandes dificultades mas que por arriba, redoblando la exigencia ». Oración y Palabra de Dios se introdujeron entonces en la Carta como « obligaciones » (ahora les decimos « Puntos Concretos de Esfuerzo ») suplementarias para los matrimonios. Y a continuación de la peregrinación, se dedicó un número especial de la Lettre des Equipes Notre-Dame a redefinir el Movimiento para preparar un nuevo compromiso de sus miembros. Un texto de esta Carta nos servirá de conclusión: « El término « movimiento » indica dinamismo y adaptación continua. El término « espiritualidad » subraya la prioridad del aliento, del espíritu sobre la organización y los métodos y señala claramente el objetivo: la vida “espiritual”, es decir la vida cristiana en tanto en cuanto es animada por el Espíritu Santo y tiende hacia la santidad. »[8]
Llevar el mayor número posible de personas hacia la santidad, esa es la aspiración de todas las fundaciones del padre Caffarel.
[1] LE PERE CAFFAREL. Des Equipes Notre-Dame à la Maison de prière. 1903-1996 (El Padre Caffarel. Los Equipos de Nuestra Señora en la casa de oración), Actes du colloque (Paris, Collège des Bernardins, 3-4 diciembre 2010), Ediciones Lethielleux, 2011, p.104.
[2] Henri CAFFAREL, “Signe des temps, signe de grâce” (Signos de los tiempos, signo de gracia), L’Anneau d’Or, noviembrediciembre 1949 p. 411-416.
[3] Jean ALLEMAND, Henri Caffarel. Un homme saisi par Dieu (Un hombre cautivo de Dios), Equipes Notre-Dame, 1997, p. 38.
[4] Henri CAFFAREL, Les Equipes Notre-Dame. Essor et mission des couples chrétiens (Les Equipes de Nuestra Señora. Desarollo y Misión de los matrimonios cristianos), Equipes Notre-Dame, 1988, p. 59.
[5] Henri CAFFAREL, Les Equipes Notre-Dame. Essor et mission des couples chrétiens, p. 60.
[6] Jean ALLEMAND, Henri Caffarel. Un homme saisi par Dieu, p. 63-77.
[7] Henri CAFFAREL, Les Equipes Notre-Dame. Essor et mission des couples chrétiens, p.144.
[8] Lettre des Equipes Notre-Dame, enero-abril 1971, p. 193-194.
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