Cristianos decapitados
Por Henri Caffarel.
El riesgo de dejar que una de nuestras funciones fundamentales se desvanezca, ya sea física, emocional, intelectual o espiritualmente, es grande. Pienso en la atrofia de la inteligencia de ciertos deportistas, en la incapacidad de algunos intelectuales para desarrollar sus músculos o de las cosas del corazón.
Nuestro descuido provoca un desequilibrio, una perturbación de la personalidad. Si queremos florecer como seres humanos, necesitamos desarrollar todas nuestras funciones simultáneamente, porque son interdependientes y complementarias.
La atrofia de la inteligencia no se encuentra solamente en los deportistas, también está en nuestros contemporáneos. Saben muchas cosas, se mantienen informados por los diarios, la radio y la televisión; en el ámbito de su profesión o de su especialidad, tienen conocimientos profundos, pero han perdido la capacidad de reflexión.
Registran y “absorben” información, ideas y nociones diversas: son pasivos en el conocimiento, sin el cual no hay una verdadera vida espiritual, ni una personalidad original y fuerte.
Claramente los vemos balando como ovejas (se creen adultos y libres porque militan en la oposición, o en la oposición a la oposición), siguiendo ciegamente las corrientes de pensamiento transmitidas por el periódico que leen o el entorno en que viven – más bien deberíamos decir: en el que flotan.
Esta atrofia del intelecto también se da en la religión. Quienes la padecen muchas veces intentan justificarse. Los escuchamos repetidamente decir, con desdén, despreciando, desestimando, menospreciando, a quienes reflexionan: “Es un intelectual, es cerebral, es del intelectualismo…”
¡Como si la vida cristiana fuera ante todo una cuestión de sentimiento o de acción! ¡Como si los que estudian o meditan traicionaran la causa del hombre!
¿No deberíamos ver un signo de este debilitamiento en la falta de interés, entre tantos cristianos, por el estudio religioso, en la falta de lectura profunda, en la ignorancia casi total de las Escrituras?
Ciertamente es verdad que la inteligencia humana, gravemente herida, no menos que la carne a causa del pecado original, ha conducido a menudo a los hombres por caminos sin salida, o peor aún, hacia aventuras aberrantes. Dudar que Jesucristo vino a sanar nuestra inteligencia sería un insulto a la Redención. La fe es esa luz que incluso es mejor que la curación, que hace que nuestra inteligencia sea capaz de participar del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de todas las cosas.
Las consecuencias de esta negligencia – ¿o deberíamos decir desprecio? – de la vida intelectual son numerosas y particularmente graves:
- La decadencia del amor a Dios y de la generosidad en su servicio. No podemos amar y servir a quien no se conoce. Lejos de los ojos, lejos del corazón… Cuántas veces en el confesionario, mientras escucho la letanía de los pecados, tengo la sensación de que la raíz del pecado –aquel que es fuente de los demás y del que no nos acusamos– es abstenerse de realizar cualquier esfuerzo de reflexión religiosa.
- La ausencia de una alegría espiritual radiante. ¿Sospecharíamos, en presencia de estos cristianos, que Cristo les ha legado su propia alegría? (Jn 15, 11; 17, 13). Entre aquellos somnolientos que no abren los ojos a la luz de Dios, ¿cómo podría prosperar esta alegría?
- Tantas enfermedades psicológicas, que no tienen otra causa que este debilitamiento de la inteligencia, y en particular de la inteligencia cristiana, una debilidad que deja vulnerables las psiquis de nuestros contemporáneos hacia las preocupaciones, los remordimientos, las amenazas;
- El aburrimiento, que empuja al hombre a diversas formas de diversiones para escapar, según creen, del intolerable sentimiento de soledad;
- La decadencia, el desvanecimiento del amor en tantos cónyuges incapaces de intercambiar sus pensamientos;
- La falta de una verdadera personalidad y de una frágil fe en niños criados en familias donde no se honran los valores espirituales, donde la educación comete uno de sus mayores errores: no enseñar a pensar;
- La radical incapacidad de tantos católicos para entablar un diálogo religioso con los no creyentes. Según el temperamento, esta incapacidad se traduce en fanatismo de derechas o de izquierdas, o en frecuentes evasivas;
- Una vida de oración inexistente o apagada. Las oraciones en familia, en las reuniones de equipo, son a menudo quejumbrosas, dolorosas, suplicantes, incapaces de elevarse al nivel de adoración, de alabanza, o de intercesión.
Algunos se excusan de falta de tiempo. Cuando se trata de una función vital, esta objeción no es apropiada: nos tomamos el tiempo para comer para dormir… Es cierto que, para la mayoría de nuestros contemporáneos, se debería primero reparar la máquina de pensar.
Pero, sí o no, ¿alguien tiene la satisfacción de llevar una vida de hombre?
Que nadie crea que una vida intensa de la mente requiere un gran tiempo libre. Conozco hombres y mujeres tan ocupados como los demás en tareas profesionales o familiares, en actividades sociales o religiosas, cuyos pensamientos están activos, alertas y vivos; que son movidos por la alegría del saber, de la “alegría de la verdad”, por decirlo así, expresión que le gustaba mucho a San Agustín; y de la alegría de amar, y la alegría de vivir.
No tienen más tiempo ni más habilidades que los demás, pero tienen hambre. De hecho, todo está ahí: quien no tiene hambre no muestra ansias de comer y la comida no le beneficia. Ellos tienen hambre de conocer el pensamiento de Dios sobre todas las cosas y de todo lo que sucede. Conocer primero a Dios. ¿Se me objetará que Dios es Incognoscible? Es incomprensible en el sentido que nunca tendremos el conocimiento perfecto que él tiene de sí mismo; lo cierto es que quiere introducirnos en su Misterio. Este no es un muro con el que nos topamos, sino un océano que nos reserva, y nos reservará durante toda la eternidad, descubrimientos siempre nuevos.
Esta hambre es un gran don de Dios. Pero también es el resultado de una búsqueda perseverante.
Porque entre cristianos, la ayuda mutua que es la ley primordial, ¿no debería intervenir más en el plano de la búsqueda de la verdad, de la reflexión cristiana viva?
¿Existe riesgo de malentendidos debido a la diversidad de puntos de vista? ¿No se acercarían más los puntos de vista si los debatiéramos fraternalmente, si nos ayudáramos mutuamente a reflexionar? Y, sobre todo, si la reflexión, en lugar de buscar inspiración en publicaciones a menudo tendenciosas o en maestros cuestionables, se basara sobre todo en la Palabra de Dios. Y en las orientaciones que nos llegan de su Vicario entre nosotros: ¡qué esclarecedor es leer los discursos o alocuciones que Pablo VI pronuncia cada semana!
Henri Caffarel.
Anillo de Oro – Número 132 – Cuadernos de Espiritualidad Conyugal y Familiar
Noviembre- Diciembre 1966 – paginas 398 a la 401.