Ver con la mirada de Dios: la clave de la caridad
El padre Henri Caffarel enseña que la caridad —el amor mismo de Cristo en nosotros— no se reduce a hacer el bien, sino a aprender a mirar y amar como Dios mira y ama.
Desde el bautismo, la caridad habita en el corazón del creyente como una semilla divina. Pero esa semilla debe crecer, evolucionar, transformarnos poco a poco del “hombre viejo”, centrado en sí mismo, al “hombre nuevo”, cuyo centro es Cristo.
Cuando dejamos que Cristo ocupe el centro de nuestra vida, nuestra mirada cambia. Ya no vemos a las personas desde sus defectos, sus límites o nuestras heridas, sino desde el amor con que Dios las mira. Es entonces cuando se despierta en nosotros una caridad viva, concreta, paciente y misericordiosa.
Ver con la mirada de Dios es mirar con ternura lo imperfecto, perdonar sin medida, comprender sin exigir, y actuar siempre movidos por el amor.
Así, cada palabra, cada servicio, cada renuncia se convierte en un acto de caridad, porque no nace del orgullo o del deber, sino del amor de Cristo que vive en nosotros.
En el matrimonio, esta mirada adquiere una profundidad única. Amar al cónyuge y a los hijos con la mirada de Dios significa reconocer en ellos un reflejo de Cristo, incluso en los momentos de debilidad o conflicto. Es creer que Dios sigue obrando en ellos, y también en nosotros, moldeando nuestros corazones para que el amor humano se convierta en amor divino.
Por eso, la clave de la caridad está en dejar que Cristo mire y ame a través de nosotros.
Cuando logramos ver al otro con los ojos de Cristo, descubrimos que cada persona, cada situación y cada día es una oportunidad para amar con el corazón de Dios.

