El amor humano y el amor divino
El Padre Henri Caffarel, profundo conocedor del alma humana y del misterio del matrimonio, enseñó que el amor humano y el amor divino no se oponen, sino que se encuentran y se elevan mutuamente en la vida cristiana.
El amor humano —hecho de atracción, ternura, deseo de comunión y entrega— es un don de Dios, puesto en el corazón del hombre y la mujer. Es bello y verdadero, pero también frágil y necesitado de purificación. Con frecuencia lleva la huella del egoísmo o de la búsqueda de posesión. Sin embargo, en su profundidad, el amor humano suspira por un amor absoluto, por una plenitud que solo Dios puede colmar.
Por eso, el padre Caffarel afirmaba que el amor humano alcanza su verdad y plenitud solo cuando se abre al amor divino. Este amor de Dios, manifestado en Cristo, es totalmente gratuito, fiel, misericordioso y creador de vida nueva. No busca ser amado para recibir, sino para donarse enteramente.
El amor divino es fuente y modelo del amor humano.
Cuando los esposos acogen en su relación este amor divino —por medio de la oración, la Eucaristía y la vida de fe—, su amor humano es transfigurado: deja de ser solo sentimiento y se convierte en vocación y misión. En ellos, el amor de Cristo se hace visible y eficaz en el mundo.
Así, el matrimonio cristiano no es simplemente una unión afectiva, sino un camino de santidad, un espacio donde el amor humano es elevado, purificado y fecundado por el Espíritu.
“El amor conyugal no es abolido por la gracia; es elevado, santificado y convertido en camino hacia Dios.”
— Henri Caffarel.

