Cien cartas para la oración, Padre Henri Caffarel

Carta No 5 – Presentes ante Dios

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Cien Cartas sobre la Oración Interior. 
Carta No. 5

Ese don de uno mismo no es verdadero si no lo actualiza una atención ardiente, todo nuestro ser presente ante Dios, todas nuestras facultades despiertas ante él.

Comparto con los dos la impresión de que su vida espiritual en este momento está llegando a un punto muerto. Después de haber reflexionado y orado, he llegado a la convicción de que, mientras no dediquen mayor tiempo a la oración, eso no va a cambiar.

Por oración entiendo esencialmente lo que se conviene en llamar oración mental.

Oración viene de oratio. Orare era para los romanos dirigir una oración a los dioses, defender una causa y, en sentido derivado, pronunciar un discurso. La oración mental es un intercambio del alma con Dios. Así lo han comprendido siempre los místicos. «La oración, me atrevo a decirlo, es una conversación con Dios», escribía Clemente de Alejandría. Para San Benito era «tratar con Dios», Para santa Teresa de Ávila, la oración mental era «un comercio de amistad en el que hablamos a solas con ese Dios por el que nos sabemos amados». Para Don Marmión, «un diálogo de los hijos de Dios con su Padre de los cielos bajo la acción del Espíritu Santo»

Estas palabras de conversación y de diálogo tienen, sin embargo, el riesgo de favorecer un equívoco, haciéndonos creer que la oración consiste esencialmente en hablar a Dios en nuestro interior, cuando se trata de un acto vital que nos compromete por completo Hay una expresión que, si le damos toda su densidad y todo su sentido, traduciría muy bien la actividad interior del hombre que ora: estar presente ante Dios. Permítanme para transmitir mejor mi pensamiento, evocar un suceso que seguro ha quedado bien vivo en su recuerdo. Había ido a visitarlos. Nada más abrirme la puerta tú me informas de que su hija Mónica tiene probablemente una meningitis y me llevas a su dormitorio, que está en una semioscuridad Tu mujer está sentada al lado de la cama de la niña, silenciosa, intensamente atenta a ese pobre rostro demacrado, a veces retira dulcemente un mechón de pelo de la frente de Mónica.

Cuando la niña abre los ojos, ella le responde con una sonrisa, ese tipo de sonrisa que las palabras no pueden describir. Ya sea ordenando el dormitorio como tomando rápidamente algo de alimento en la habitación contigua, la madre permanece intensamente presente a su hija. No hay una fibra de su persona ni un segundo de su vida que no esté orientado hacia Mónica. Así es, o al menos así debería ser, la oración: una orientación profunda del alma, un intercambio más allá de las palabras que, sin dejar de lado la comunicación, está tenido de algo más, una atención, una presencia ante Dios de todo el ser, del cuerpo y del alma, con todas las facultades alerta.

¿Tendría que dedicar más tiempo a defender ante ustedes la causa de la oración? Estoy seguro de que el pleito está ganado de antemano, que no son de esos cristianos, por desgracia numerosos, que se niegan a reconocer su necesidad. No les oculto que me siento interiormente muy mal cuando tengo que multiplicar los argumentos para invitar a hijos de Dios a que se acerquen a su Padre, se abran a su intimidad vivan en ella, le expresen su amor y su gratitud. ¿No resulta extraño que haya que insistir para que personas dotadas de inteligencia se preocupen por descubrir lo más apasionante de la vida, para que personas hechas para amar amen lo que hay de más amable, para que personas libres, y no esclavas, se pongan al servicio del Señor, para que personas creadas para la felicidad no se contenten con placeres minúsculos?

Henri Caffarel.

Así es, o al menos así debería ser, la oración: una orientación profunda del alma, un intercambio más allá de las palabras que, sin dejar de lado la comunicación, está tenido de algo más, una atención, una presencia ante Dios de todo el ser, del cuerpo y del alma, con todas las facultades alerta.