Cien cartas para la oración, Padre Henri Caffarel

Carta No 16 – Porque yo soy Agnes

3,5 min readEtiquetas: ,

Cien Cartas sobre la Oración Interior. 
Carta No. 16

Este amor del que ningún ser está excluido no es, sin embargo, un amor impersonal que se comunica a todas las personas del mismo modo. Dios ama a cada uno de sus hijos de una manera única.

No ora bien sino aquel que conoce a Dios. Para orar mejor hay que tratar de conocerle mejor. Dios se ha preocupado de orientar nuestra búsqueda al revelarnos que Él es Amor. Pero ¿qué clase de Amor? Su reflejo en aquellos que nos aman nos permite entreverlo. Su caricatura en aquellos que nos aman mal nos permite, por contraste, comprenderle mejor también. Esa ha sido la experiencia de cierta mujer abandonada por su marido que acaba de escribirme y cuya carta transcribo para vosotros. El amor reductor de este marido por su mujer pone extrañamente en valor el carácter personal y la generosidad del amor divino.

“Él no me amaba. Amaba en mí a la mujer, más exactamente amaba la feminidad; yo era un modelo de feminidad que le convenía. Pero cuando se dio cuenta de que yo era «alguien», cuando se encontró con mi «yo», se sintió incómodo, no sabiendo qué hacer con ese yo, con esa persona concreta. Desde ese momento, en su vida había algo que sobraba, que le molestaba. Algo o más bien alguien que le negaba su derecho a estar solo; alguien que reclamaba también el suyo, en primer lugar, el de ser reconocida como una persona única, irrepetible. Era demasiado para él y tomó distancia, se podría decir que se sintió amenazado en su intimidad. Me convertí en una intrusa por haberme permitido ser una persona cuando lo que él quería era un objeto, un espécimen de feminidad, agradable y confortable. Se apartó de mí, volvió la mirada hacia fuera y un día encontró a otra mujer que, al menos él así lo cree, aceptó ese papel impersonal.

Después de meses atrozmente sombríos en los que he pasado de la rabia a la depresión, en los que me han asaltado todas las tentaciones, ya no le guardo rencor. Hoy poseo la paz, o más bien la paz me posee a mí.

Y se la debo a él. Mi sufrimiento de esposa mal amada me ha llevado a descubrir el tipo de amor con el que Dios me ama. Sé, ya para siempre, que Dios me ama no como a un prototipo de ser humano, como a un componente de esa humanidad amada por él, sino porque yo soy Agnes. No es como el sol, que da su calor indiferente e impasiblemente a toda criatura: él me da su amor, él se da a mí porque yo soy yo. No es tampoco como esa dama caritativa que ama a los pobres, pero nunca se toma el tiempo de mirar a cada uno de ellos a los ojos, ni de conocer el nombre de aquel al que socorre. ¿Para qué? Lo que ella ama es «al pobre» en general.
En Dios no ocurre nada parecido; es a mí, Agnes, y porque yo soy Agnes, por lo que Dios me ama. Me conoce por mi nombre desde toda la eternidad. Por ese nombre me llama.

Espera impaciente mi respuesta. No tiene celos de mi autonomía ni de mi personalidad. Al revés. Las aprecia, pues sin ellas mi respuesta no tendría el mismo valor. Para él yo no soy una cosa que se posee y que se usa, sino una libertad que se da y que él respeta infinitamente.
Gracias a su amor me siento reconciliada conmigo misma y con los demás. Dios ha liberado en mi corazón la fuente de la ternura. En resumen, me siento viva. Y la hora de la oración es también la hora de una vida todavía más intensa…”

Henri Caffarel.

No ora bien sino aquel que conoce a Dios. Para orar mejor hay que tratar de conocerle mejor. Dios se ha preocupado de orientar nuestra búsqueda al revelarnos que Él es Amor.