Cien cartas para la oración, Padre Henri Caffarel

Carta No 15 – Yo me haré torrente

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Cien Cartas sobre la Oración Interior. 
Carta No. 15

¿Podría ser que nuestro pecado hiciera que Dios retirase su mirada de nosotros? Eso es imposible, porque no es nuestra santidad la que suscita su mirada, sino, al contrario, es su amor el que hace puro, santo, activo a aquel que cree en él de todo corazón.

Tu carta me ha emocionado profundamente, en especial la frase: «¿Por qué no escribe usted nunca para los pobres pecadores? Tenga un poco de compasión de aquellos que no pueden rezar a Dios con la oración de los justos y dígales si es cierto que, a pesar de eso, no quedan excluidos del reino de la oración». ¡Me he debido explicar muy mal en mis cartas precedentes si ha podido parecerte que eran las cartas de un justo dirigiéndose a otros justos!

Lo primero que tengo que decirte es que me cuesta continuar con esa distinción que me propones. ¿Quién puede llamarse justo? ¿Quién no es pecador? ¿Quién puede acercarse a la oración si no ha comenzado antes por confesar su pecado y prometer su arrepentimiento? ¿Qué miseria moral podría apartarnos del amor de Dios?

Me acuerdo de una mujer joven, tan locamente amada como excepcionalmente bella, cuya desesperación no tenía nombre porque el cirujano había emitido un diagnóstico muy preocupante sobre un lunar de aspecto inofensivo que estaba en la comisura de su labio. Si su belleza quedaba menguada, ¿la seguirían amando? La misma desesperación aparece también en aquellas personas que son conscientes de su fealdad moral. Y no debería ser así, porque si en el corazón humano el hecho de admirar la belleza o la bondad del otro hace que se despierte el amor, en Dios no ocurre lo mismo.

Su amor es de una naturaleza totalmente diferente. San Pablo lo sabía bien, pues para designarlo usa la palabra ágape, que se traduce con el término «caridad». No es la visión de lo que hay de amable en una criatura lo que suscita el amor de Dios. Es el amor de Dios por esa persona el que crea en ella la amabilidad, la belleza y la bondad. Al sentirnos pecadores nos desesperamos por haber perdido esa belleza moral que nos valía la estima de los demás, y sobre todo de nosotros mismos, y nos imaginamos que Dios también nos vuelve la espalda. ¡Como si hasta ese momento hubiera sido nuestra virtud la que nos hubiera hecho merecer su amor! ¡Como si el hombre fuera capaz por sí mismo de atraerle y de mover su corazón!

No somos nosotros los que provocamos el amor de Dios por nosotros. Ni nuestras virtudes ni nuestra miseria son la causa. Su amor no está motivado ni por una cosa ni por la otra, y por eso mismo es espontáneo y desbordante de dinamismo creador. Dios no está a la búsqueda de aquellos cuyos valores son dignos de su amor; él busca al pobre, en el sentido bíblico del término, es decir, al pecador, al insensato, al débil, en una palabra, a aquel en el cual encuentra un vacío que llenar. Pero he aquí que el pecador, como ignora esa cualidad del amor divino, piensa que Dios va a menospreciarle, y como san Pedro le dice: «¡Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador!». Pues bien, Dios nunca se va a retirar, y la miseria del pecador será como una custodia en la que se manifieste su Amor.

Con una condición. La oración del pecador consiste sobre todo en creer, sin sombra de duda, en ese amor divino absolutamente gratuito, y en aceptarlo sin escrúpulos y sin miedo. Esto que parece tan maravillosamente sencillo se convierte a menudo en algo muy difícil, de tal manera está arraigada en nosotros la necesidad tenaz, inconfesable e incluso muchas veces desconocida para nosotros mismos de querer ser amados de Dios por nuestra propia excelencia. La prueba es ese despecho amargo que perturba nuestra vida interior cuando hemos sucumbido a la tentación. Tenemos, pues, que hacer lo posible por eliminar radicalmente de nuestra relación con Dios esa tendencia a querer ver en su amor el reconocimiento de nuestra propia valía. Si Dios no nos evita caer en nuestras propias debilidades, lo hace para obligarnos a descubrir que el amor con que nos ama no se funda en nuestra virtud, sino que surge de modo espontáneo en su corazón, y que no existe el riesgo de que lo perdamos, puesto que no es una consecuencia de lo que él encuentra en nosotros.

«Hazte capacidad -decía nuestro Señor a santa Catalina de Siena-, y yo me haré torrente». Ese hacerse capacidad es la oración del pobre, del pecador.

Henri Caffarel.

¿Quién puede llamarse justo? ¿Quién no es pecador? ¿Quién puede acercarse a la oración si no ha comenzado antes por confesar su pecado y prometer su arrepentimiento? ¿Qué miseria moral podría apartarnos del amor de Dios?