Carta No 13 – Él le miró y lo amó
Cien Cartas sobre la Oración Interior.
Carta No. 13
Marcos, el evangelista, dice de Jesús frente al joven rico: «Él le miró y lo amó». Este amor es verdad para todos nosotros. Rezar es tomar conciencia de esa mirada de amor y ofrecerse a su virtud purificadora y regeneradora
Los evangelios mencionan varias veces las miradas de Cristo. Andrés presenta su hermano a Cristo: y él «le miró» (Jn 1,42). Pedro acaba de negar a su Maestro: este, «volviéndose, fijó su mirada sobre Pedro», y Pedro lloró amargamente (Lc 22,61). Un hombre virtuoso le pregunta a Jesús por el camino de la vida eterna. “Jesús le miró y lo amó”, nos dice Marcos (10,21), que tiene el don de las fórmulas breves y evocadoras.
El amor y la mirada están estrechamente unidos. Hay que mirar para amar, pero también amar para mirar de verdad. «No se ve bien más que con el corazón».
No hay nada como la mirada para revelar el amor. El que es mirado de este modo no se equivoca. Todo su ser. -hablo de su ser íntimo, de su yo secreto-. despierta, se estremece, se maravilla, se entusiasma y vive bajo la impresión de esa mirada de amor. Surge en él una vida nueva, desconocida, ardiente, intensa; la mirada de amor suscita amor.
En la mirada de amor que recibimos, lo más maravilloso no es solamente lo que descubrimos sobre el alma y el amor de esa otra persona, sino lo que aprendemos sobre nosotros mismos. Esa mirada es, efectivamente, «un espejo en donde uno se ve visto», según la acertada frase de Lanza del Vasto.
Mientras que hay miradas que nos hacen sentir despreciables, o como mínimo innecesarios, en la mirada de amor nos descubrimos amables, es decir, capaces de suscitar el amor en el corazón del otro. Es como un espejo que nos devuelve nuestra imagen, no de modo inanimado e inmutable, sino con la alegría del deslumbramiento, la tensión del impulso amoroso que se ha despertado en ese otro ser a la vista de nuestro yo profundo, y que su mirada nos revela.
Y es muy impresionante descubrirse digno de ser amado, capaz de hacer surgir el amor en otro corazón, como cuando el agua surge inesperadamente de la roca· ¿Cómo no reconciliarse entonces con uno mismo? Amor, estima, respeto, todos esos sentimientos que pueden resultar, si no totalmente desconocidos, poco percibidos hasta ese momento y a menudo falseados- al irrumpir en nosotros, nos hacen tomar conciencia de repente de nuestra dignidad. Y desde ese momento tenemos una razón de ser, porque existimos para otro.
Pero todavía hay algo más admirable. Cuando esa mirada de amor es la de un cristiano que, a la luz de Cristo, discierne nuestro yo secreto, nuestra alma de hijo de Dios, nuestro nombre eterno, aquel que nos ha hecho nacer en el pensamiento de Dios aun antes de entrar en la existencia, entonces esa mirada nos conmueve hasta lo más hondo, porque es infinitamente transparente a la mirada de Dios sobre nosotros. En ella descubrimos la calidad del amor con el que Dios nos ama.
Estoy seguro de que Dios querría que cada una de las personas encontrara al menos una vez en la vida tal clase de mirada.
Pero aquellos que más nos aman no pueden estar siempre en «actitud de amor». Sus miradas de amor -y hablo sobre todo de miradas del alma- son momentos privilegiados e intermitentes. Cuando se trata de Dios, uno puede estar seguro de que él está siempre en «actitud de amar», y esa actitud, esa atención ardiente, es la presencia del amor en nuestra alma. Deslumbramiento también. Sí, Dios se complace en el alma de su hijo, por muy extraordinario que eso parezca, pues en ella su mirada reconoce más de lo que el alma misma es; el nombre divino y eterno que le es propio. Y esa mirada de amor de Dios, mucho más que cualquier mirada humana, es eficaz; es creadora de santidad, comunica la vida divina.
Sin embargo, para que esto se produzca es necesario que el alma la acoja y se abra a ella hasta lo más profundo por un acto de fe. Fe del hombre que reconoce el amor de su Dios, amor activo, amor en acción. Y si esa fe fuera ardiente y sin intermitencias, la mirada de amor de Dios sobre el alma no cesaría de hacerla crecer en santidad, del mismo modo que el calor del sol madura las cosechas.
Orar es tomar conciencia de esa mirada de amor de Dios sobre uno mismo, abrirse por la fe a su acción creadora, regeneradora, beatificante, que nos diviniza. Entonces surge en el alma ese mismo amor de Dios que es la caridad.
Para rezar bien hay que creer en esa mirada de amor de Dios sobre uno mismo: «Él le miró y lo amó».
Henri Caffarel.
Cuando esa mirada de amor es la de un cristiano que, a la luz de Cristo, discierne nuestro yo secreto, (…), entonces esa mirada nos conmueve hasta lo más hondo, porque es infinitamente transparente a la mirada de Dios sobre nosotros.

