¿Qué es el yo?
Un hombre que se asoma a la ventana para ver a los transeúntes, si yo paso por allí, ¿puedo decir que se ha puesto allí para verme? No, pues no piensa en mí en particular. Pero aquel que ama a alguien a causa de su belleza, ¿lo ama verdaderamente? No, porque la viruela, que destruirá la belleza sin destruir a la persona, hará que deje de amarla.
Y si me ama por mi juicio, por mi memoria, ¿me ama a mí? No, pues puedo perder estas cualidades sin perderme a mí mismo. ¿Dónde está, entonces, ese yo, si no está ni en el cuerpo ni en el alma? ¿Y cómo amar el cuerpo o el alma sino por esas cualidades, que no son aquello que constituye el yo, puesto que son perecederas? Pues ¿se amaría la sustancia del alma de una persona en abstracto, cualesquiera que fueran las cualidades que hubiera en ella? Eso no es posible y sería injusto. Por tanto, nunca se ama a nadie, sino solamente sus cualidades.
Que no nos burlemos, entonces, de quienes buscan ser honrados por sus cargos y dignidades, pues no se ama a nadie sino por cualidades prestadas.
Blaise Pascal.

