El Reino del estruendo y el olvido del hogar

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En la carrera por alcanzar «posiciones rápidas» y reconocimiento mediático, el fariseísmo moderno ha entrado en nuestras casas. Hemos levantado altares al éxito laboral y a la vida social, convencidos de que ser «guardianes de las esencias» es cumplir con una agenda llena, mientras en el pasillo de al lado, nuestros hijos habitan un desierto de afectividad.

Priorizamos el ruido del mundo —el correo urgente, la cena con amigos, el perfil impecable— porque el contacto real con el hijo nos confronta. Es más fácil ser un «fiscal de conciencias» y exigirles que «estén a nuestra altura» que detenerse a mirar sus ojos y descubrir su sed de nosotros.

Les damos cosas, pero les negamos la Palabra que sana: esa que se dice sin prisas, sentados a la orilla de su cama. El choque con la realidad será amargo si esperamos a que el tiempo pase. Descubriremos entonces que tuvimos la llave de muchos reinos, pero perdimos la llave del corazón de quienes más nos necesitaban. Es el momento de detenerse.

Apartarse del ruido no es solo apagar el móvil; es encender la presencia. Es entender que el contacto y la ternura no son «complicaciones» que retrasan el éxito, sino el único camino real.

Detente hoy. Deja que el trabajo espere y que los amigos aguarden. Regresa a la humildad de ser padre, de ser madre, y reconoce que, en la fragilidad de tus hijos, Dios te está ofreciendo la oportunidad de ser, finalmente, humano.

Gino Capelo Recalde.

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