El Padre Caffarel, un hombre de fe
Padre Paul-Dominique Marcovits, o.p. —
Son pocas las fotos que tenemos del padre Caffarel. Una de ellas es la que se encuentra al dorso de una estampa con la oración para pedir su canonización. Esta foto es magnífica. El padre Caffarel lleva una sotana negra. Se ve un poco la capa de ceremonia. El vuelve la cara un poco hacia la izquierda para mirar a alguien, que se encuentra un poco más alto que él y a quien no podemos ver en la imagen: el papa Juan XXIII. Lo que resulta deslumbrante es la luz que emana del padre Caffarel; su cara resplandece, tiene una gran sonrisa y de sus ojos brota la alegría. Sus manos parecen esconder humildemente un rollo de papel, el texto de su mensaje al buen papa seguramente. Todo está teñido de felicidad. Nada de austero. Estar con el Papa en San Pedro, acompañado de más de mil Equipistas de Nuestra Señora, era lo que se dice un buen día… Sin embargo, esa alegría no es más que la superficie de una alegría muy profunda que siempre habita en él. Lo que brota del padre Caffarel, es el fondo de su corazón, su fe, su adhesión a Cristo y a su Iglesia representada por el Papa. La fe del padre Caffarel se expresa en esta imagen. Puede ser que él tenga esta misma actitud en el cielo: el rostro elevado hacia el Señor, alegremente, escucha lo que el Salvador le dice de nosotros. Yo digo bien “alegremente” porque, lo vamos a ver de nuevo, todo respira optimismo en sus propuestas sobre el matrimonio, sobre la viudez y con cuánta alegría acogía a quienes acudían a los retiros de Troussures para una semana de oración: él abría sus brazos y decía:
¡“El Señor os espera! » El padre Caffarel, un hombre de fe.
Al principio, veremos el terreno creyente donde nació el joven Henri Caffarel y veremos cómo su fe creció, cómo su apego al Señor se fortificó. Luego comentaremos el curso de su vocación. Alla, en semilla, se encuentra toda su personalidad espiritual. Finalmente, veremos cómo el Señor fue el centro de todas sus fundaciones: fue un profeta.
I. La fe del joven Caffarel
1. Una familia cristiana
Si la fe es un don de Dios a una persona, la fe se encarna también en un medio humano, en un marco social. El padre Caffarel nació en Lyon en 1903, en una familia creyente, abierta a los problemas de la Iglesia y de la sociedad. Durante nuestro primero coloquio en el Collège des Bernardins, en diciembre de 2010, Michel Dealberti, hijo de una prima alemana del padre Caffarel, sacó a la luz la riqueza cultural, social y religiosa de las familias Caffarel, Voisin, Venard, Thomasset que estuvieron relacionadas con la vida lyonesa – Universidad, Fourvière, obras de caridad – y conectadas también a todos los meandros de la Iglesia de Francia. Fijémonos también en que, además del padre Caffarel, las familias Voisin y Venard dieron numerosos sacerdotes, religiosos y religiosas a la generación del padre Caffarel, a las generaciones precedentes y a las que le siguieron : Henri Caffarel formó pues parte de un medio cultivado, abierto, generoso. Cito a Michel Dealberti: « Henri Caffarel se bañó desde su más tierna infancia en una familia en ebullición cultural y religiosa extremadamente importante, donde confluyen todas la corrientes de la Iglesia católica del siglo XX, en un donde fe y caridad no son palabras vanas. » [1]
Os recuerdo esta intervención de nuestro primer coloquio para decir que la fe del padre Caffarel no surgió por generación espontánea, ¡como algo que llegó súbitamente de la decisión de Dios! El padre Caffarel tampoco conoció una « conversión » extraordinaria. No fue como Claudel, a quien tanto admiró. No, todo comenzó y creció con la gracia de su bautismo.
2. Un estudiante cristiano
Colegial, participó en su parroquia de San Juan de Lyon en los círculos de estudios y también en la Asociación de la Juventud Católica. Después de su bachillerato, el joven Caffarel entró en la facultad de Derecho en Lyon y frecuentaba el Hogar de Estudiantes Católicos. Su fe se nutrió pues durante su juventud. He aquí un relato de su camino de fe: « Yo era un estudiante. Éramos un pequeño grupo de cuatro o cinco estudiante y con frecuencia nos acompañaba un joven sacerdote apenas un poco mayor que nosotros. Nos reuníamos frecuentemente para meditar el Evangelio. Todos teníamos una gran alegría en buscar a Cristo, su rostro, en tratar de descubrir su mensaje en los Evangelios (…) Un día, leímos una página del Evangelio, que no recuerdo cuál era, y todos sentimos una gran alegría por descubrir ese rostro de Cristo cuyas riquezas nunca acabamos de percibir. Y uno de nosotros, dirigiéndose al joven sacerdote, le dijo: « Pero eso no parece funcionar así hoy en día ». De hecho, el joven sacerdote, normalmente muy animado, tenía un aire grave, distante. (…) Entonces, nos dijo algo que nos dejó desconcertados: «Cuando queráis saber cuál es la calidad de vuestro amor por Cristo, preguntaos primero sobre vuestro amor por la Iglesia.» [2]
Esta frase de un joven sacerdote sobre Cristo y la Iglesia, la repitió el padre Caffarel hasta el punto de que generalmente se le atribuye a él.
La adhesión a Cristo estuvo presente en el corazón del padre Caffarel desde su juventud. Adhesión que fue alimentada por la lectura del Evangelio, que fue fortificada por las enseñanzas de la Iglesia, apoyada por la fidelidad de su familia y despertada por la fraternidad con otros estudiantes. Pero si Henri Caffarel ya estaba unido a Cristo, también se abre a la Iglesia y en particular gracias a la frase de aquel joven sacerdote que, probablemente, debía tener algunas dificultades con ella pero a la cual era fiel gracias a Cristo. Nosotros tenemos ahí, germinando, lo que será la fe de Caffarel a Cristo y a su Iglesia, inseparablemente. Esto es lo que da su equilibrio cristiano al padre Caffarel.
3. Una primera idea del sacerdocio
Adhesión alegre a Cristo y a su Iglesia. Al fondo de este cuadro que acabo de presentar, también hemos tener en cuenta un retiro que hizo en el colegio de los Maristas de Lion: «nació en él la primera idea del sacerdocio»[3] . Tenía dieciocho años. El Señor muy pronto va a necesitar su presencia, se va a manifestar en él un día y eso sería para toda su vida. Eso es lo que nos muestran los escritos de su vocación que nos ofrece el padre Caffarel y que nosotros vamos a escuchar.
Una anotación más. Parece que fue la lectura de un libro que le dio a leer uno de sus camaradas lo que suscitó la ocasión de su encuentro con el Señor. El leía los Escritos espirituales de la hermana de la Visitación italiana Benigna Ferrero, (1885-1916). Podemos retener una palabra del Señor a esta religiosa: « La confianza es la llave que abre los tesoros de mi infinita misericordia », palabra que puede despertar una vida de diálogo con el Señor. En todo caso, es el amor del Señor el que va a tocar al joven Caffarel.
II. La vocación del padre Caffarel
1. Los dos relatos de su vocación
Permitidme presentar los dos grandes relatos de su vocación que nos da el padre Caffarel. El primero es el más conocido: el relato fue publicado en Panorama aujourd’hui en julio de 1978.[4] En su brevedad, su precisión, su pureza, dice lo esencial, nos pone delante de Dios. El segundo, viene de la conferencia de despedida del padre Caffarel a los responsables de sector de los Equipos de Nuestra Señora, el 25 de marzo de 1973 [5] : relato cuyo aliento espiritual nos toca también profundamente:
Esto dice el primer relato:
«Marzo de 1923. A los veinte años, Jesucristo, en un instante, se convirtió en Alguien para mí. Oh ¡nada espectacular. En ese lejano día de marzo, supe que me amaba y que le amaba, y que, entre Él y yo, así sería para toda la vida. Todo estaba consumado.» He aquí el segundo:
«En el fondo, los principios del Movimiento se remontan mucho más allá de estos 35 años. Se remontan 50 años. Porque en el mes de marzo de 1923, hace exactamente 50 años, un día yo tomé conciencia de la existencia de Cristo, de la vida de Cristo, del amor de Cristo, de la relación de amor entre Cristo y el hombre que es en lo cual consiste la vida cristiana, y eso fue para mí la línea divisoria de aguas. Para mí hay un antes y un después de ese mes de marzo de 1923. Eso me marcó, y después de ese día solo tuve un deseo: entrar yo mismo en esa intimidad con Cristo, y también el deseo de llevar ahí a otros, porque esto ha sido capital en mi vida, me ha dado la alegría de vivir, la gracia de vivir, el impulso de vivir. De ninguna manera puedo dejar de desear a los demás ese encuentro con Cristo vivo, ese descubrir que Dios es amor.»
Estos dos relatos se complementan entre sí: Tienen la misma estructura. En el primer relato, ya todo está dicho: la rapidez de la llamada: – «en un instante» – el encuentro personal – «Jesús se convirtió en Alguien para mí” – la reciprocidad del amor – «Supe que me amaba y que le amaba» – y finalmente la radicalidad: «Todo estaba consumado». El segundo relato, que aparentemente tiene más empuje, se refiere al mismo encuentro con acentos de alegría incomparable. Esto nos hace decir que el padre Caffarel narra un acontecimiento único, denso, consistente, que siempre está presente en él y que siempre le da vida. Es lo que se da siempre en aquellos que relatan con respeto y alegría su propia vocación.
2. Comentarios
Algunos comentarios sobre estos dos relatos:
¿Cómo no sentirme asombrado por el entusiasmo con el cual el padre Caffarel habla de su encuentro con el Señor ? Él, tan avaro de confidencias sobre sí mismo, es invadido por el impulso de felicidad que el Señor le dio, de esa felicidad que llevó toda su vida. Uno tiene la impresión de que canta: «He tomado conciencia de la existencia de Cristo, de la vida de Cristo, del amor de Cristo…» y dice con júbilo también : «Eso fue capital en mi vida, me dio la alegría de vivir, la gracia de vivir, el impulso de vivir…» Yo nunca me encontré con el padre Caffarel. Sólo conozco su voz por las grabaciones. Pero tengo su voz en mis oídos, creo oírlo cuando nos comunica su fe, su amor por Dios. Esa voz no la puede olvidar ninguno de nosotros. En el cielo la reconoceremos.
¿Cómo no quedar tocado igualmente por la profundidad de sus palabras? El padre Caffarel nos pone frente a una realidad, una realidad concreta y espiritual. Estamos en presencia de Dios que habita en su servidor y que nos atrae también. Dios está en él. Esos relatos de su vocación suenan todavía como el primer día. El joven Caffarel fue tocado en el corazón, ahí de donde brota su personalidad. El centro de sí mismo es su relación con Dios. « Supe que me amaba y que yo le amaba. » Más tarde hablará del « Yo-Tú », cuya fuente está aquí. El centro de sí mismo no es un “Yo” cerrado sino un « Yo » abierto a Dios. Es “diálogo”, un diálogo constante con el Señor. Su célebre oración: « Desde el fondo de mi corazón », habla de su vida espiritual y educa la nuestra.
Un «Yo» abierto a Dios. Debemos precisar estas tres palabras: “abierto a Dios”. En el número de septiembre-octubre de 1974 de los Cahiers sur l’oraison (Cuardernos de Oración), con el título ‘‘Dios, ellos lo han encontrado” muchos testimonios ofrecen relatos impresionantes de su encuentro con el Señor. El padre Caffarel resalta los puntos comunes de esos encuentros y también lo que tienen de único. Pero surge la pregunta de siempre: ¿este encuentro, con quién es? ¿con Dios? ¿con el Señor ? ¿Con Jesús, el Cristo, el Salvador? Nombrar a la persona encontrada se hace siempre de manera precisa y manifiesta la especificidad del diálogo que va a seguir. Para el joven Caffarel, es de una precisión total: « Jesucristo ». Él es nombrado claramente. ¿Por qué? Más tarde, esto será evidente por dos razones: el matrimonio es el signo de la alianza de Cristo y la Iglesia y la oración es el momento en el que Cristo ora en nosotros. Ahí tenemos dos grandes enseñanzas del padre Caffarel.
El padre Caffarel enseña… En efecto, nos entrega el relato de su vocación cincuenta años más tarde con una frescura nunca perdida, pero también con la perspectiva de un maestro que nunca debe olvidarse de enseñar. Él explica su vocación no como un acontecimiento que le concierne solo a él sino también a nosotros. Bien dice: «Tomé conciencia de la existencia de Cristo, de la vida de Cristo, del amor de Cristo», pero enseña que «la relación de amor entre Cristo y el hombre es en lo que consiste la vida cristiana.» Toda vocación particular se encarna en la vocación común del cristiano. Amar a Dios, amar al prójimo como a sí mismo, esto es lo que debe vivir todo cristiano. Eso se manifestó de manera particular para él pero es la vocación de cada uno de nosotros.
El padre Caffarel concluye: «… entre Él y yo, así sería para toda la vida. Todo estaba consumado».
Radicalidad del don. A la luz de eso, las palabras del padre Caffarel nos tocan – al comentar un pasaje del L’échange (Intercambio) de Paul Claudel, en L’Anneau d’Or (El Anillo de Oro): «Nada parece más simple que entregarse, el día en el que por fortuna uno encuentra a Jesucristo. Hasta entonces, yo lo conocía por haber oído hablar de Él, pero he aquí que sale de la bruma de la historia, que está delante de mí: alguien, un vivo. Todo lo que se ha hecho en mí por un don se despierta y se lanza.»[6] Radicalidad del don en la alegría y el amor.
Esta enseñanza que él nos da en medio de una declaración tan íntima sobre su vocación, tiene también por efecto explicar su misión. Su misión es inseparable de su vocación « Desde ese día, no tengo sino un deseo: progresar yo mismo en esa intimidad con Cristo y también el deseo de llevar a otros a ello ha sido capital en mi vida. (…) No puedo más que desear que otros encuentren a Cristo vivo, ese descubrimiento de que Dios es amor ». Ese deseo es el signo de la autenticidad de su encuentro con el Señor. Siempre, cuando el Señor llama a alguien a entrar en su intimidad, el Señor le da un giro y lo envía a los demás. Los Equipos de Nuestra Señora para las parejas, la Fraternité Notre-Dame de la Résurrection (Fraternidad de Nuestra Señora de la Resurrección) para viudas, las semanas de oración en Troussures, todo tiene ahí su fuente. Vale la pena notar nuevamente ese matiz importante que nos da el relato: « No puedo dejar de desear para los demás ese encuentro con Cristo vivo, ese descubrimiento de que Dios es amor ». Esta manera de hablar describe muy bien un aspecto importante del padre Caffarel: « No puedo dejar de desear….». Tiene, a la vez, la necesidad de testimoniar su encuentro con el Señor: « Anunciar el Evangelio, es una necesidad que se impone en mí » dice San Pablo (1 Co 9, 16). Necesidad que viene de Dios. Pero el padre Caffarel sugiere aún esto: «No puedo dejar de desear ». ¡Él desea! no impone nada. Respeta a todas las personas. Todos los testimonios confirman este aspecto del padre Caffarel. Él no es un gurú que se impone a sus tropas. ¡No es más que el servidor que quisiera conducir a los otros a Dios, porque el amor de Dios es su vida! Por amor a nosotros, él desea que encontremos al Dios de amor.
¡Una vez más! ¡El padre Caffarel es un hombre muy reservado, muy secreto sobre sí mismo….Sí! Pero también es justo decir que él nos entrega lo más precioso de sí: el amor a Dios. Marie d’Amonville, quien con su esposo Louis trabajó muchos años con el padre Caffarel, dice: «él nos ha dado a Dios».
3. Solo Dios, fuente de vida
Ahora deberíamos hablar de la influencia de esta vocación en sus enseñanzas sobre el matrimonio, sobre la viudez, sobre la oración. Pero otros lo harán aquí.
Sin embargo, quisiera leeros simplemente algunas líneas características de la experiencia y de la enseñanza. Dios en el centro de toda vida humana, en toda su expansión, en su duración, en su profundidad. Él habla de la soledad, se refiere a ella con frecuencia. Responde así a una lectora:
«Señora, usted le exige a su marido algo que él no tiene la posibilidad de darle: lo absoluto. Lo absoluto del amor, de la felicidad […] Lo finito no puede colmar un deseo infinito. No hay solución en el plano conyugal para personas así. Sin embargo, sería falso afirmar que esas personas no son capaces de felicidad; simplemente, son incapaces de reducirse a una felicidad finita. La pasión por lo absoluto es incompatible con las felicidades que no son la felicidad de Dios (…) Solo a Dios se puede pedir lo que solo Dios puede dar.» [7]
El padre Caffarel dice además: «El hombre y la mujer no se equivocan al pedir al otro lo infinito. Si ambos están unidos a Dios, cada uno encontrará en el otro algo más que un reflejo del amor divino, encontrarán ese amor mismo.»[8] Esta es una enseñanza magnífica sobre el matrimonio cristiano. Esta es la fuente de la felicidad para muchos.
III. Un profeta
«Profeta de nuestro tiempo.» Así lo llamó el Cardenal Jean-Marie Lustiger. Quería mostrar así el papel que jugó el padre Caffarel en la expansión de la espiritualidad conyugal durante la segunda mitad del siglo XX.
1. La fuente de su profetismo
El profeta, en la Biblia y en la Iglesia no es el que anuncia el porvenir sino el que discierne, en los sucesos y las personas, lo que Dios quiere hacer emerger en la vida de los hombres. Los profetas de Dios capturan la orientación que Dios quiere dar a su pueblo, a la Iglesia, a los hombres de ese tiempo. En el gran ascenso del laicado cristiano en la primera parte del siglo XX, el Señor suscita a su servidor Henri Caffarel para iluminar el sacramento del matrimonio, y luego la viudedad. El padre Caffarel es profeta porque ha visto, ha discernido la voluntad de Dios.
Parea comprender al padre Caffarel, no se deben abandonar los relatos que nos da de su vocación y que hemos tratado de meditar. Es a partir de esa experiencia del encuentro de Cristo que el padre Caffarel reflexiona, busca… Es a través del amor que el Señor depositó en su corazón, como contempla la vida de los hombres y mujeres de su tiempo. Le escucho en mis oídos exclamar en la emisión Radioscopie de Jacques Chancel (era el 15 de marzo de 1973): « ¡El amor, es mi sustancia! ¡El ser que no ama está muerto, es un cadáver! Porque Dios es amor, porque el hombre es amor. » ¡Qué fuerza la de esa proposición! Fe en Dios, fe en el hombre. Así fue construido por la llamada de Cristo. Todo encuentra su fuente en su vocación. Él es profeta del amor.
El padre Caffarel es amado por Dios, él Le ama a su vez, así que comprende a quienes se aman. Profeta, él discierne, al servicio de las parejas, de la viudas y de todos aquellos y aquellas que quieren amar, él discierne el camino que Dios les traza. Entonces, los que aman se encuentran en él, encuentran en él un maestro, porque el amor viene de Dios. Es la unidad natural de la vida del padre Caffarel. El buscaba lo que Dios quería para los que confiaban en su ministerio. El camino de la santidad es el del amor.
2. La expresión de su profetismo
¿Cómo se mostraba el padre Caffarel como profeta? La respuesta es simple: escuchaba.
Él escuchaba, meditaba lo que las parejas le contaban sobre su experiencia concreta. Nada de una búsqueda abstracta, sino la escucha de la experiencia de las parejas donde Dios manifiesta su amor. Esa escucha se hace a la luz de la Escrituras, a la luz de la fe la Iglesia. Igualmente escuchaba a las viudas que expresaban su nueva experiencia con el Señor y sus esposos.
El padre Caffarel tenía la capacidad para esta escucha. Con seguridad tenía las cualidades para hacerlo. Pero no es suficiente decir esto. Él escucha con el amor que el Señor puso en su corazón: « Yo supe que era amado y que amaba » El padre Caffarel recibió esta gracia para guiar a las parejas, las viudas, los participantes en los retiros de Troussures sobre el camino de la santidad, de la santidad del amor. El padre Caffarel se construyó enteramente en esta búsqueda de santidad. Todo ello se lo debe a su vocación, a esa vocación que él mismo nos describió.
Él escuchaba, y observaba también. Los testimonios cuentan que el padre Caffarel tenía una mirada que escrutaba la profundidad de sus corazones. Nada de indiscreto pero sí esa atención cálida, respetuosa con la persona frente a él. Él parecía preguntar: Señor ¿qué quieres para él, para ella? La mirada del padre Caffarel nos atrapa todavía en sus fotos. Parece estar escrutándonos y elevándonos hacia Dios. Como decía admirablemente, al principio del siglo V, el bordolés san Paulino de Nole: « Estemos pendientes de los labios de todos los fieles, porque en todos los fieles sopla el Espíritu de Dios. En cualquier lugar, sin importar lo débil que sea, yo atisbaré su respiración.»[9] Yo veo ahí una magnífica descripción del padre Caffarel, completamente despierto en la fe y atento a nosotros.
3. La verdad de su profetismo
Este Coloquio, junto con el primero de 2010, va a mostrarnos la pertinencia de la acción del padre Caffarel, la verdad de su misión. No tengo pues que insistir más. Simplemente, una historia. Brasilia, 2012. Encuentro internacional de los Equipos de Nuestra Señora. Me encuentro sentado en un autobús al lado de quien llegaría a ser Patriarca de Lisboa. Miramos la inmensa multitud de equipistas que salían de lugar de las conferencias. Él me dice: « ¡Ahí está la santidad del padre Caffarel, son esos matrimonios! ». ¡No quería decir que éramos todos santos!, señalaba la fecundidad del fundador, el poder de su mensaje, la pertinencia de la estructura del movimiento tal como se expresa en la Carta cuyo septuagésimo aniversario estamos celebrando, hoy. Como dijo el padre Caffarel a los equipistas en 1987 en Chantilly: Al principio, en 1939, « hubo algo más que una buena idea […] la Providencia y el Espíritu Santo estaban allí para algo »[10].
Conclusión
El padre Caffarel, un hombre de fe. La impresión profunda que he tenido al preparar esta intervención y que tengo al hablar ante vosotros, es la de que ciertamente estoy hablando del padre Caffarel, pero sobre todo de Dios, el personaje principal de todo. Cuando leo los escritos del padre Caffarel, me encuentro inmediatamente ante el misterio de Dios, ante su amor. Creo que ésta es una característica de su santidad.
Para concluir, coloquémonos delante de Dios. Permitidme leer una oración del padre Caffarel. Lleva por título: « Tómame con tus manos». Con aquella en que el estribillo dice «En el fondo de mi corazón», es una de las pocas oraciones que tenemos. [11]
Esta oración es muy íntima y nos toca profundamente. Su punto culminante: una frase de san Irineo de Lyon:
«Esas dos manos del Padre que son el Hijo y el Espíritu Santo…»
Vengo a ti Dios, mi Dios, mi Padre.
Padre de inmensa majestad,
Padre de infinita ternura,
tómame con tus dos manos:
tu Hijo y tu Espíritu Santo.
Que tu Hijo me una a Él muy estrechamente y
jamás afloje su abrazo.
Que tu Espíritu Santo me moldee
a imagen de Jesucristo, tu hijo amado,
me infunda su ternura filial hacia ti y
la impaciencia por tu gloria.
Como un padre terrenal se inclina,
toma a su hijito y lo levanta en brazos,
así, tú, Padre Santo, tómame con tus dos manos,
y dame un beso en la frente.
[1] LE PÈRE CAFFAREL. Des Équipes Notre-Dame à la Maison de prière, 1903-1996, Actes du colloque (Paris, Collège des Bernardins, 3-4 décembre 2010), Éditions Lethielleux, 2011, p. 41.
[2] Henri CAFFAREL, « Qu’est-ce que l’Église ? », Conférence aux responsables régionaux des Équipes Notre-Dame, Archives Equipes Notre-Dame, 1968.
[3] Jean ALLEMAND, Henri Caffarel. Un homme saisi par Dieu, Équipes Notre-Dame, 1997, p. 13.
[4] Entretien réalisé en juillet 1978 par Claude Goure, cité par Jean ALLEMAND, op.cit., p. 14-15.
[5] Conférence du 25 mars 1973, Archives Équipes Notre-Dame, cité par Jean ALLEMAND, op.cit., p. 15.
[6] L’Anneau d’Or, n° 27-28, 1949, p. 193.
[7] Henri CAFFAREL, Aux carrefours de l’amour, Parole et Silence, Paris, 2005, p. 25-27.
[8] Amour qui es-tu ?, Éditions du Feu Nouveau, 1971, p. 124.
[9] Saint PAULIN de NOLE, Les plus beaux textes sur le Saint-Esprit, Paris, Éditions de la Colombe, 1957, p. 191.
[10] Conférence aux Responsables Régionaux Européens, Chantilly, 3 mai 1987, Archives Equipes Notre-Dame.
[11] Henri CAFFAREL, Dieu, ce nom le plus trahi, Editions du Feu Nouveau, 1990, p. 183.

