El pensamiento del Padre Caffarel
Padre Paul-Dominique Marcovits, o.p. —
9/09/2015
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Un pensamiento encarnado.
El Padre Caffarel es el hombre del encuentro. La grandeza de su inteligencia es igual a la de su cultura. Pero él siempre reflexionó, pensó, a partir de los encuentros que marcaron su vida. A menudo se dice que el padre Caffarel tuvo grandes intuiciones sobre el matrimonio, que reunió a parejas de su alrededor. No, ocurrió justo lo contrario. No fue él quien reunió a las parejas, fueron estas parejas las que vinieron a él en busca de la ayuda para seguir al Señor. Más tarde, fueron las jóvenes viudas las que buscaron su apoyo. En cada ocasión, el padre decía: “busquemos juntos”. Así pues, el padre Caffarel pensó, reflexionó, en respuesta a preguntas concretas, esenciales, a esas realidades que acompañan toda vida humana, realidades todavía muy desconocidas al el principio de su ministerio sacerdotal.
Voy a contaros lo mismo de manera distinta. En primer lugar, su vocación. “Era en marzo 1923, Tenia veinte años. En un instante, Jesús se convirtió en alguien para mí. ¡Oh! Nada especial. Yo supe que era amado y que amaba, y que de allí en adelante así sería para toda la vida. Las cartas se pusieron sobre la mesa.” En los comienzos, el padre Caffarel se encuentra con el Señor. Toda su vida se resume en estas pocas palabras. Lo que ocurre a lo largo de su ministerio es un inmenso deseo de ayudar a los demás a encontrar al Señor, a descubrir cuánto son amados por Dios.
Dicho aún de otra manera: él posee una inteligencia concreta. Intenta comprender humanamente y espiritualmente a las personas y las cosas, en su profundidad. Como decía alguien: “Él seguía los signos del Espíritu Santo en toda persona que iba a verlo”. Todo se resume en una palabra “encarnación”. El padre Caffarel sólo busca la voluntad de Dios en su realidad, en su extensión. Es lo propio del profeta en la Biblia. “Profeta de nuestro tiempo”, es el título que le puso el cardenal Lustiger, durante la celebración eucarística del 27 de septiembre en la iglesia de La Madeleine en París, instantes después de su muerte.
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La espiritualidad conyugal.
Encarnación. Esta realidad, ciertamente se refiere a la espiritualidad conyugal. En efecto, el amor de Dios, fuente de todo, se encarna en el amor humano. El amor de Dios tiende a hacer florecer y crecer el amor del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre. Así son “imagen y semejanza de Dios.” Así habla el libro del Génesis del matrimonio (1: 27). San Pablo emplea un lenguaje distinto, el del don de uno mismo hasta el extremo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella” (Ef. 5, 25). En el centro del amor, está la Cruz, el don total de sí a otro. Amar es entregarse por completo. Exigencia del amor. Sin embargo, el Padre Caffarel corrige lo que podría ser una “verdad a medias”: “¿Amar es dar?”. Él dice: “Amar es respirar: inspirar y expirar, dar y recibir. El amor se asfixia cuando no se respeta este ritmo”. Cómo se necesita de tiempo para aceptar recibir, depender del otro por amor… Dios está en el centro de esta relación, Él que es Padre, Hijo y Espíritu Santo: dependencia de amor. Aquí es donde la espiritualidad conyugal encuentra su fuente. Sólo entonces se abre a los demás, a los niños, al mundo.
Para llegar a esta madurez espiritual, hay que amar la soledad: compañera del amor, permite a cada uno adentrarse en silencio en el fondo de sí mismo. El Padre Caffarel observa: “No se tiene éxito en el amor como en los negocios, poniendo el alma entre paréntesis. Es en el interior de cada donde se ha de realizar la comunicación y la comunión”. Ahí, en esa soledad y esa comunión, cada matrimonio encuentra su propia personalidad, única, su misterio. Y ahí es donde, el matrimonio se ofrece y se entrega al Señor y el Señor se entrega al matrimonio: hay “un pacto, una alianza, en el sentido bíblico de la palabra, entre Cristo y el hogar”. Y el padre Caffarel concluye: “Y así unido a la pareja, presente en la pareja, Cristo anhela dar gracias al Padre, interceder con y para los cónyuges” (carta mensual de los ENS, abril 1968). Es la grandeza del sacramento del matrimonio, fuerza de la espiritualidad conyugal.
Esta espiritualidad del don de dar y recibir, el sacerdote la comprende y la vive, aquel cuya espiritualidad es la del amor. Su lema podría ser: “La alegría de dar la vida”. Ofrece la vida de Dios. Los sacramentos del orden y del matrimonio se complementan, están “al servicio de la comunión”, los dos buscan “la salvación de los demás” (Catecismo de la Iglesia, 1533). ¡El amor se abre al mundo! Es la alegría de los consiliarios de los Equipos de Nuestra Señora.
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Las misiones de las parejas.
Esta presencia del Señor en la pareja genera una misión para el mundo. La pareja es testigo de Dios para el mundo, he aquí su responsabilidad. Roma, mayo de 1970. El padre Caffarel dice: “La primera manera de cumplir con vuestra misión, es vivir siempre más perfectamente vuestro amor, que despliegue todas sus virtualidades, que se muestre fiel, feliz, fecundo”. Sí, ¡pero somos tan pobres!. El padre Caffarel añade: “Es necesario recurrir a la gracia de Cristo, salvador de la pareja. De pronto, vuestro matrimonio se convierte en testigo del Dios salvador, y no sólo del Dios creador. Vuestro hogar dará testimonio de Dios de manera aún más explícita si es la unión de dos buscadores de Dios, según la admirable expresión de los salmos (Frente al ateísmo, p.145).
El testimonio de la pareja: He aquí un recuerdo personal. Un día, en el Boulevard Saint-Germain en París, venía hacia mí un matrimonio amigo, casados desde hace más de treinta años. Los dos se acercaban hacia mí, felices, cogidos de la mano. No me habían visto. Y, al observar su amor, pensé “¡Dios pasa!”. Sí, donde están el amor y la caridad, allí está Dios. No tuve el valor de dejarme ver. El padre Caffarel dice: “Me gustaría comunicaros mi convicción de que un hogar de “buscadores de Dios, en un mundo que ya no cree en Dios, ni en el amor, es una “teofanía”, una manifestación de Dios, como lo fue para Moisés este arbusto del desierto que ardía pero no se consumía.”
Y todavía encontramos otro potente medio de apostolado, muy querido por el padre Caffarel y profundamente arraigado en la vida de los equipistas: los deberes de la hospitalidad. Escuchemos al papa Pablo VI hablando a los equipistas (4 de mayo de 1970): “En nuestros tiempos, tan difíciles para muchos, ¡Qué gracia el ser acogidos “en esta pequeña iglesia”!, según la palabra de San Juan Crisóstomo, entrar en su ternura, descubrir su maternidad, experimentar su misericordia, lo cierto es que un hogar cristiano es “el dulce rostro sonriente de la Iglesia”. Este es un apostolado irremplazable del que tenéis que ocuparos generosamente. Un apostolado del hogar para el cual la formación de los novios, la ayuda a las familias jóvenes, los matrimonios jóvenes, la ayuda a los hogares en dificultades, son ámbitos privilegiados”.
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La oración.
No sería justo que, al presentar el pensamiento del padre Caffarel, sólo se mencionara la espiritualidad conyugal. Para él, el Señor es el centro de todo. El padre Caffarel muestra el camino de la oración. Desde 1966, cientos de personas (laicos, religiosos, religiosas, sacerdotes, obispos) han venido hacia él para aprender a rezar en la casa de la oración de Troussures, a sesenta kilómetros al norte de París. Aprender, progresivamente, a guardar silencio, a bajar “a lo más profundo de nuestro corazón”, aprender a vivir con el Señor en la soledad del amor de Dios por nosotros. Aprender a controlar el cuerpo y la respiración. Aprender a entregarse por completo a Dios para que establezca en nosotros su morada. Aprender la paz.
A día de hoy, cuando leemos sus textos sobre la espiritualidad conyugal y sobre la oración, nos ponemos siempre en presencia del Señor, él nos introduce en el misterio del amor de Dios. Sí, leemos sus escritos y nos captura una dulzura, una exigencia, una oleada de amor hacia Dios. La visión de nuestras faltas no nos pesa porque una esperanza nos invade. En Troussures, el padre Caffarel daba un texto para leer: “Ámame cómo eres. Quiero el amor de tu pobre corazón; si, para amarme, esperas ser perfecto, no me amaras jamás.”
En una entrevista en Radio Canadá, el padre Caffarel dio una definición de la oración: “La oración es esta relación personal con Jesucristo, y Jesús el Cristo me conduce en esta relación personal al Padre; y el Espíritu Santo es el gran obrero de esta actividad.” Más tarde, concluye “Es una gran verdad que se ha de decir y repetir: los hombres tienen hambre y sed. Necesitan descubrir que son amados porque este amor descubre en ellos algo digno de amar. ¿No se creen a menudo que la gente no les encuentra nada bueno? Lo que pasa es que ni siquiera ellos mismos se quieren; este es el gran descubrimiento.”
Conclusión.
En la Iglesia, llamamos “carisma” a un don de Dios regalado a una persona., don que se encarna en una o muchas instituciones, para el bien de todos. El carisma, recibido por el padre Caffarel, es el de la espiritualidad conyugal: ha tomado forma en los Equipos de Nuestra Señora al servicio del sacramento del matrimonio; en la Fraternidad Nuestra Señora de la Resurrección, para la viudez – algunas viudas hacen el voto de no volverse a casar y ofrecen su viudez para la salvación de las parejas- y también en los Intercesores- que velan en la oración por los matrimonios. En medio de todo está la oración, la plegaria: ¡Dios es amor! ¡Demos gracias a Dios!
Padre Paul-Dominique Marcovits, o.p.

