¿Aman Ustedes a sus hijos?
Por Henri Caffarel
L’ANNEAU D’OR – Num. 48 – Noviembre – Diciembre 1952 – Pag. 410-412
¿Estos hogares que han descubierto con entusiasmo las grandezas cristianas del amor conyugal y que se esfuerzan por vivirlas, van a fracasar en el ámbito de la educación?
Dios me libre de hacer de profeta de desgracias. Sin embargo, no estoy exento de cierta inquietud. Uno tras otro he sabido que un muchacho de quince años ha intentado suicidarse, que un estudiante apenas mayor ha renegado de su fe para adherirse a una de las sectas menos recomendables, y que una joven se casa con un divorciado. Y los tres proceden de familias profundamente cristianas.
Alertado por estos casos dolorosos, vengo a preguntarles —quizá lo he postergado demasiado—: ¿aman verdaderamente a sus hijos?
¿Les sorprendo? ¿Les escandalizo? Sé que esta pregunta parece a muchos padres una blasfemia: el amor paterno, y más aún el amor materno, ¿acaso no es el sentimiento más natural, el más espontáneo, el más universal, el menos afectado por el pecado original? Incluso entre los seres caídos, incluso entre los animales… Pues bien, así es, por supuesto, y servirá hasta el fin del mundo como tema de discursos en las entregas de premios a la virtud. Y los padres quedarán exentos de hacerse esta pequeña pregunta: ¿amo verdaderamente a mis hijos? Y jamás un sacerdote oirá a un padre o a una madre acusarse en confesión de no amar, o de amar mal, a sus hijos.
Los padres están tan seguros de amar a sus hijos. Pero yo no logro compartir esa hermosa seguridad. Su amor, a veces en el mejor de los casos, me parece terriblemente simplista, burdo, instintivo. Cuando se examinan, se plantean preguntas tan sumarias: “¿Me he vuelto impaciente?, ¿he sido bueno con ellos?, ¿no les falta nada —es decir, tienen ropa abrigada y alimento adecuado, reciben una buena instrucción…?”
Es cierto, nada de esto le falta al niño. Y, sin embargo, con frecuencia en su corazón va creciendo la decepción —decepción, una palabra débil para expresar ese sentimiento desesperado de frustración íntima—. Porque él lo percibe bien, aunque de manera inconsciente: sus padres no lo aman por él mismo, sino por ellos mismos; no como una persona autónoma, sino como una extensión de ellos —un poco como la mujer elegante ama su mano, de la que cuida con esmero—. ¿Se sorprenderán de que un buen día esté harto de ser tratado no como una persona, sino como una cosa —cosa valiosa, objeto precioso sin duda…— y de que se rebele? Los padres, sorprendidos, gritarán a la ingratitud. O quizá comprenderán, pero demasiado tarde, que a su hijo no le faltó nada… salvo lo esencial: un amor verdadero. Porque amar al hijo no es, ante todo, mimarlo, satisfacerlo, sino comprenderlo y hacer florecer su personalidad.
Ustedes son cristianos. Por tanto, no se trata solamente de amar a sus hijos, sino de amarlos cristianamente. Y eso es algo distinto de enseñarles algunas virtudes, algunas prácticas religiosas, una dulce y precoz piedad.
Es necesario comprender, y ayudarlos a comprender, la llamada de Cristo sobre ellos. Ayudarlos a convertirse en cristianos adultos, que respondan a esa llamada con el don gozoso de su joven libertad conquistada, y que se comprometan en la gran aventura de la vida firmemente decididos a no renunciar los valores de su Maestro. Esta tabla de valores, que contradice de manera tan frontal la del mundo en el que viven, debe ser valorada desde temprana edad e inculcada con sus máximas:
“Quien quiera ser mi discípulo, que tome su cruz cada día y me siga.”
“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno [de mí].”
“Cuídense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos.”
“Amen a sus enemigos, para que sean verdaderos hijos de su Padre.”
“Busquen primero el Reino de Dios; lo demás se les dará por añadidura.”
Solo los ayudarán eficazmente a convertirse en verdaderos discípulos de Cristo si los aman a la manera de Cristo.
Antes de elegir a sus discípulos, antes de confiarles una misión, en las horas decisivas, las Escrituras nos dice que Cristo se retiraba a la montaña, donde pasaba toda la noche en la intimidad del Padre. ¿Y ustedes…? ¿Rezan verdaderamente por sus hijos? Cuando todos los medios humanos fallan, ¿su oración se vuelve apremiante, perseverante, tenaz —una lucha con Dios, como Jacob, para arrancarle con ardua lucha las ayudas necesarias? Y en la vida cotidiana, ¿rezan por ellos con esa oración que consiste, por así decirlo, en ponerlos bajo el luminoso haz de la mirada de Dios, para comprenderlos mejor y amarlos mejor?
La oración engendra el amor, y el amor, el sacrificio: “No hay amor mayor, que el que da la vida por aquellos a quienes ama”. ¿Llegan ustedes hasta ese amor mayor, para hacer crecer en la gracia a aquellos a quienes han engendrado para la vida? Son tan pocos los cristianos que aman a sus hijos hasta el punto de hacer penitencia por ellos.
Y, sin embargo, ¿cómo pretender haberlo hecho todo mientras no se pueda decir con toda verdad, como san Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia”… por los miembros de su Cuerpo, que son mis hijos.
Quisiera, amigos, que la lectura de este artículo concluyera en la contemplación del Misterio de la Navidad que se acerca. A ustedes también se les han confiado hijos de Dios, llamados a imitar y seguir a Aquel a quien una joven pareja, José y María, vela con tierna solicitud.

