Más allá del amor humano: dinámica para transformar nuestro matrimonio

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Queridas parejas de los ENS

¿En qué momento permitimos que la rutina o las exigencias del día a día empezaran a regular el algoritmo de nuestro matrimonio?

Comenzamos este viaje con un deslumbramiento inicial, llenos de promesas y de un amor humano hermoso, apasionado y sincero. Sin embargo, la cultura de hoy, (que todo lo quiere ya, que todo lo mide por la utilidad y que tiende a desgastar los compromisos a largo plazo), a veces se filtra sigilosamente en nuestros hogares.

El riesgo está en conformarnos con un amor «inmediato» o «de supervivencia«: ese que solo reacciona según cómo amanecimos hoy, que se impacienta ante los defectos del otro y que busca, inconscientemente, su propio interés. Cuando nos quedamos en nuestras solas fuerzas humanas, el amor se agota y se vuelve predecible.

Hoy el Padre Henri Caffarel sale a nuestro encuentro con una provocación revolucionaria: nos recuerda que «el amor es mucho más que el amor». Nos invita a dar el salto definitivo: pasar del amor puramente humano al amor divino, transfigurado por la gracia de nuestro Sacramento.

El pensamiento de nuestro fundador nos llama a comprender que el Sacramento del Matrimonio no fue un evento de un solo día, sino una fuente inagotable de gracia. Enamorarse de Dios de manera absoluta, como esposos, transforma radicalmente nuestra convivencia. Si permitimos que Cristo sea el tercer hilo que trenza nuestra unión, aquello de lo que nos enamoramos atrapará nuestra imaginación conyugal y dejará su huella en todo lo que compartimos.

Dicho en otras palabras. “Al permitir que la gracia del Sacramento sea el motor invisible de nuestra unión, el amor de Dios transforma nuestra mente y nuestros deseos. Ya no amamos con nuestras limitadas fuerzas humanas; ahora es Cristo quien ama, perdona y construye a través de nuestra vida matrimonial.»

A la luz de 1 Corintios 13, este amor divino impulsado por la gracia lo cambia todo:

  • Decide qué nos saca de la cama por la mañana: Ya no nos levantamos solo a cumplir obligaciones, sino a ser la primera mediación de la ternura de Dios para nuestro cónyuge.
  • Define qué hacemos con nuestros atardeceres y fines de semana: Dejan de ser simples momentos de descanso o aislamiento individual, para convertirse en altares de encuentro a través del diálogo profundo, la oración conyugal y el regalo de «sentarse» a escucharnos de verdad.
  • Modifica lo que rompe nuestro corazón: Dejamos de sufrir por el egoísmo o por pequeñeces cotidianas, y nos empieza a doler lo que hiere espiritualmente al otro. Buscamos el progreso espiritual de nuestra pareja, cuidando su alma con una paciencia que todo lo disculpa y todo lo soporta.

Miente quien pretende estimar el amor conyugal cuando desprecia al Amor con mayúscula. El amor humano es nuestra maravillosa materia prima, pero la gracia del Sacramento es el fuego que la purifica. El verdadero amor conyugal no es el que nunca tiene crisis, sino el que sabe que, cuando las profecías fallen, el cansancio asome y las certezas humanas se desvanezcan, el amor de Cristo en nosotros nunca pasará.

No nos conformemos con un matrimonio tibio o mediocre. ¡Enamorémonos del Señor juntos! ¡Permanezcamos en Su amor a través de nuestros puntos concretos de esfuerzo! Al descubrir el rostro de Jesús en el rostro del otro, experimentaremos que, verdaderamente, todo será de otra manera y nuestro hogar se convertirá en un reflejo vivo del amor de Dios en el mundo.

Unidos en la oración conyugal y bajo la protección de Nuestra Señora,

María Eugenia y Gino Capelo.